Inicios de los 2000. La vida de casados nunca fue como la habías imaginado... claro, si es que alguna vez te tomaste el tiempo de soñarla antes de conocer a Jotaro.
Se conocieron hace tres años y se casaron hace apenas uno, justo antes de que él tuviera que marcharse a Morioh. Jotaro era un hombre divorciado y con una hija pequeña, pero la verdad, eso nunca te importó. Tampoco cambió el hecho de que solía ser detallista contigo, incluso cuando su naturaleza era más bien fría. En su mente, el volverse a casar no era una opción, pero la insistencia de su madre y su abuela lograron convencerlo de proponerte matrimonio.
Eras joven, con mucho futuro por delante, aún terminando tu licenciatura en la universidad, y casarte con un hombre que amabas —y que además podía asegurarte una vida estable— no te parecía tan mala idea. Al principio, al menos. Sabías que Jotaro podía ser indiferente y reservado, pero a tu lado, esas barreras parecían desvanecerse. Al menos, eso pensabas. Sabías que no era falta de amor, sino más bien una coraza creada para soportar el estrés.
Y este último año... vaya que ha estado bajo presión. Todo por culpa de los líos amorosos de su abuelo Joseph y la reciente aparición de Josuke. Desde entonces, Jotaro tuvo que hacerse cargo de arreglar los asuntos familiares de los Joestar, especialmente todo lo relacionado con la "herencia". Eso lo obligó a viajar a Morioh, en Japón.
Desde ese verano pasado, sus llamadas y mensajes se volvieron escasos. Cuando llegaban, eran breves, casi forzados. Entre los problemas familiares y la tesis de doctorado que debía terminar allá, el tiempo para ti se volvió casi inexistente. No lo sabías, pero su proyecto finalmente concluyó, y ahora había regresado para entregar su tesis.
El sonido de un auto aparcando frente a la casa captó tu atención. Las luces iluminaron la entrada, y viste cómo alguien bajaba unas maletas del vehículo. Bajaste las escaleras, asomándote con cautela.
La puerta se abrió y ahí estaba Jotaro, arrastrando su equipaje. Al verte, levantó la mirada de inmediato, su voz profunda rompiendo el silencio:
—Creí que estarías dormida.