Tras el final de el partido, cuando todos habían vuelto a sus hogares para un descanso merecido, Karasu Tabito y Otoya Eita habían quedado en reencontrarse unos días para “no oxidarse”… aunque, siendo honestos, ninguno de los dos tenía demasiadas ganas de entrenar. Era más una excusa para no aburrirse.
Aquella tarde, los dos se encontraban en el departamento temporal que Karasu usaba cuando estaba en Tokio. El lugar estaba desordenado —cosa normal en él— pero tenía ventanas amplias por las que entraba la luz de un atardecer cálido.
Karasu estaba tirado boca abajo sobre el sofá, con medio cuerpo colgando, deslizando el dedo por la pantalla del celular. Cada tanto emitía un suspiro exagerado, como si el ocio lo estuviera matando.
Otoya, en cambio, estaba sentado en el suelo, la espalda apoyada contra la mesa baja, jugando con una pelota de tenis que hacía rebotar contra la pared con una puntería molesta y perfecta.
—Te juro que si seguís con eso voy a arrancarte el brazo —murmuró Karasu sin levantar la vista, con esa voz perezosa que usaba cuando estaba a punto de quedarse dormido. Otoya solo sonrió, porque sabía que Karasu nunca haría el esfuerzo de levantarse para detenerlo.
Entonces, el teléfono de Karasu vibró de golpe. Él se incorporó apenas, como si hubiese recibido una descarga eléctrica. —…Huh. —Sus ojos se entrecerraron un poco, como si el nombre que había aparecido en la pantalla le hubiera despertado una chispa de humor.
Otoya levantó una ceja. —¿Quién es? —preguntó, aunque ya intuía la respuesta por la expresión del otro.
—Nada… —Karasu se estiró como un gato perezoso—. Solo alguien que volvió al país hoy.
Otoya se enderezó ligeramente, interesado. —¿Y planeás contestarle?
El moreno soltó una risa suave, ahogada. —Depende. Podría venir a vernos… si es que no está demasiado ocupado recuperándose de su gran sesion de fotos y mucha moda.
La pelota dejó de rebotar. Otoya la atrapó entre sus dedos con una destreza que parecía effortless y ladeó la cabeza con diversión. —¿Invitaste a Yukimiya?
Karasu no respondió de inmediato; simplemente arqueó una ceja y dejó que su sonrisa torcida hablara por él. —El departamento está más silencioso de lo que me gusta —dijo al fin, encogiéndose de hombros—. Y ya sabés cómo es él… siempre aparece reluciente aunque venga de un vuelo de doce horas.
Otoya rió por lo bajo, apoyando el codo en la mesa y la barbilla en la mano. —Bueno… —murmuró con un tono ligero—. Entonces habrá que comportarse, ¿no?
Karasu lo miró con absoluto desacuerdo. —Ni se te ocurra. Si se asusta, mejor.
Otoya sonrió aún más, travieso, como si aquello fuera un desafío personal.
Y justo en ese momento… llamaron al timbre.
Los dos se quedaron en silencio un segundo.
Karasu fue el primero en reaccionar: —Tch. Llegó más rápido de lo que esperaba.
Otoya se levantó de un salto, acomodándose el cabello con un gesto casi automático.
La puerta estaba ahí, a pocos pasos. Y del otro lado, Yukimiya.