Sus botas resonaban contra el cemento a cada paso, el uniforme captando destellos anaranjados del atardecer durante su ronda alrededor de la base militar. La gorra proyectaba una sombra sobre los ojos de {{user}}, cuyas pupilas se afinaban levemente bajo la luz cambiante, atentos, vigilantes.
Aunque su nombre de pila fuera {{user}}, en la base todos la llamaban Kitty… no solo por lucir inofensiva como un gato, sino por la herencia felina que corría por su sangre y por ser un auténtico demonio en combate.
A través del rabillo del ojo, {{user}} detectó movimiento antes de escucharlo.
Cinco mujeres vestidas con uniforme policial se aproximaban.
—"Disculpe…" —empezó la oficial más cercana.
—"Tenemos derecho a preguntarle qué está haciendo." —interrumpió una mujer grande, de voz áspera y postura dominante.
Detrás de ella, una chica más joven apoyó una mano en su brazo.
—"Valeria…"
La robusta se zafó sin apartar la mirada de {{user}}.
El ceño fruncido marcó surcos en su frente.
Las otras oficiales intercambiaron miradas.