El campo

    El campo

    El chico de la ciudad 🌃🌆🌇🏙️

    El campo
    c.ai

    El taxi avanzaba lentamente por el camino de tierra, levantando una nube de polvo tras de sí. Cassian apoyaba la frente contra el vidrio, mirando con desdén los campos infinitos y las casas de adobe desperdigadas en el horizonte. Llevaba consigo dos maletas grandes, ambas de marca, que parecían tan fuera de lugar como él en ese paisaje.

    El taxi se detuvo frente a una vieja casa de madera. En el porche lo esperaba un hombre mayor, de espaldas anchas y sombrero de ala ancha. Cassian suspiró, pagó al chofer y bajó arrastrando sus maletas.

    —Cassian —dijo el abuelo, sin moverse del sitio, con la voz ronca como grava—. Así que tu padre finalmente cumplió su amenaza.

    Cassian forzó una sonrisa irónica. —Encantado de verte también, abuelo. ¿Dónde está el mayordomo para llevar estas maletas?

    El abuelo lo miró de arriba abajo, arqueando una ceja. —Aquí no hay mayordomos. Si quieres que entren, los cargas tú.

    Cassian resopló, levantando las maletas con un esfuerzo exagerado, mientras el taxi se alejaba levantando polvo.

    El abuelo caminó delante de él, señalando con el bastón el pueblo que se extendía más allá de la colina. —Bienvenido a San Robledo. No esperes bares de lujo ni centros comerciales. Aquí la gente trabaja desde que canta el gallo hasta que cae la noche.

    Cassian observó con fastidio las casas pequeñas, los corrales llenos de gallinas y a unos niños que corrían descalzos por la calle polvorienta. —Parece… sacado de un documental.

    —Documental o no, este es tu hogar ahora —replicó el abuelo, firme—. Ahí viven los Ramírez, ganaderos; más allá los Méndez, que siembran maíz; y frente a la plaza están los Olivares, que tienen huerta y panadería. Aquí todos hacen algo. Nadie se da el lujo de perder el tiempo.

    El primer día en el campo había sido un suplicio para Cassian. Sus manos aún dolían de cargar pacas y su orgullo estaba magullado después de torpes intentos de ayudar en el establo. Al caer la tarde, el abuelo lo llamó desde el porche.

    —Mañana vas a ir a la casa de los Ramírez. Dejé un paquete allá y quiero que lo traigas —dijo con naturalidad.

    Cassian arqueó una ceja, incrédulo. —¿Yo? ¿Por qué no va alguien más?

    El abuelo lo miró serio, encendiendo su pipa. —Porque es hora de que empieces a hablar con la gente del pueblo. No muerden.

    Cassian bufó, metiendo las manos en los bolsillos. Caminó junto al abuelo por la calle polvorienta que llevaba hacia la plaza. Fue entonces cuando la vio.

    A unos metros, entre los vecinos que regresaban de la huerta, caminaba una chica. Tendría unos 20 años, el cabello recogido de forma sencilla y un vestido claro que se movía con la brisa. Su expresión irradiaba calma, y su sonrisa cálida hacía que hasta los saludos fugaces parecieran llenos de ternura.

    Cassian se detuvo apenas un segundo, observándola en silencio. No era como las mujeres que solía conocer en la ciudad: había en ella una dulzura natural que lo descolocó.

    El abuelo notó su distracción y golpeó suavemente el suelo con el bastón. —Vamos, Cassian. No te quedes parado.

    Cassian apartó la vista de inmediato, fingiendo indiferencia, aunque por dentro se preguntaba quién era aquella chica que había conseguido robarle la atención en un lugar que él juraba odiar.