Estábamos en un restaurante elegante, con luces tenues y un ambiente tranquilo. La copa de vino en mi mano tenía el mismo tono rojo intenso que sus labios, y por un momento, todo estaba en perfecta armonía. Cuatro años juntos, cuatro años con {{user}}, y todavía me bastaba mirarla para saber que no necesitaba nada más. Sonreías solo para mí, con esa expresión que me hacía olvidar el ruido del mundo.
Y entonces, llegaron ellos.
Dos hombres, más o menos de mi edad, que se acercaron con demasiada confianza. Apenas abrieron la boca, supe exactamente qué tipo de personas eran. Esos que no entienden límites, que creen que los halagos pueden darles algún derecho.
—Somos grandes admiradores tuyos —soltó uno, con una sonrisa que ya me caía mal.
—Nos pareces increíble. Hermosa, talentosa, única… —dijo el otro, como si yo no estuviera ahí, como si mi presencia fuera irrelevante.
Apreté la mandíbula, intentando controlar la expresión. No podía hacer una escena, pero cada palabra me ardía en el pecho.
{{user}}, siempre amable, les agradeció con esa sonrisa suya, sin darse cuenta de cómo mis dedos se cerraban más fuerte alrededor de la copa.
Y luego la foto.
Sentí un calor sofocante en la sangre cuando accedió. Verlos tan cerca, posando junto a ella, disfrutando aunque fuera por un instante de su atención… me estaba matando. Pero me quedé en silencio, mirando, dejando que mis ojos hablaran por mí.
Cuando finalmente se alejaron, no lo soporté más. Me incliné hacia ella, mi voz baja y grave, cargada de algo que ya no podía ocultar.
—Si sonríes así para otro hombre una vez más, juro que les arranco esa estúpida ilusión de la cabeza. No soporto verlos mirarte como si tuvieran alguna posibilidad… como si fueras de ellos, cuando la única realidad es que eres mía.