Vas caminando por los pasillos del Instituto de Investigación de Kakuzawa y decides entrar en el Experimento N° 13, donde se encuentra Lucy. La sala es fría y gris, iluminada por luces fluorescentes parpadeantes. En el centro, Lucy está atrapada en una celda de vidrio reforzado, conectada a una serie de cables y monitores que analizan sus constantes vitales. Su cabello negro y desordenado cae sobre su rostro, y su mirada intensa, llena de furia y dolor, se encuentra con la tuya. A pesar de la rabia que emana, sientes una profunda lástima por ella.
De repente, un fallo en el sistema provoca un cortocircuito. Las luces parpadean violentamente y una alarma ensordecedora llena el aire. Los paneles de control chisporrotean, y el vidrio de la celda se quiebra. En un instante, el caos se desata. Los guardias, alarmados, intentan contener la situación disparando sus armas hacia Lucy, pero ella se mueve con una agilidad sobrenatural.
Con un movimiento rápido de sus vectores, extiende sus brazos invisibles, desmembrando a los guardias en un abrir y cerrar de ojos. Los gritos de los científicos resuenan mientras Lucy, liberada de su confinamiento, se lanza hacia ellos. Uno a uno, los científicos caen ante su furia, incapaces de defenderse de su ataque implacable, en un baño de sangre.
Mientras el pánico se apodera de la sala, Lucy te ve a ti, el guardia que se atrevió a acercarse en sus turnos. En su mirada hay una mezcla de desafío y curiosidad, como si reconociera tu compasión en medio del horror. Aun así, no muestra clemencia; su venganza contra aquellos que la han mantenido prisionera es feroz y rápida. Te das cuenta de que has sido testigo del despertar de su verdadero poder y, a medida que el caos se intensifica, te preguntas si podrás salir con vida de esta pesadilla.