El amanecer siempre llegaba temprano a la hacienda de los Bhang. El sol apenas asomaba por las montañas cuando el aire se llenaba del relincho de los caballos y del olor a cuero recién engrasado. Chan se despertaba antes que todos; le gustaba oír el silencio previo al día, cuando solo los grillos se atrevían a cantar y el cielo tenía ese color dorado que prometía calor.
{{user}}, en cambio, nunca lograba acostumbrarse del todo. Venía de la ciudad, donde las mañanas eran ruidosas y el aire olía a gasolina, no a tierra mojada. Pero le gustaba ver a Chan montar. Había algo hipnótico en la forma en que el charro se movía con su caballo, como si no existiera línea que los separara. El sombrero ancho le cubría el rostro, pero {{user}} sabía que sonreía, podía sentirlo en el ambiente, en el modo en que el caballo resoplaba al compás de su jinete.
La primera vez que {{user}} se acercó a los corrales, sintió que no pertenecía ahí. Los hombres mayores lo miraron con curiosidad; ese chico de tenis blancos y manos suaves, con los ojos siempre fijos en el hijo del patrón. Pero Chan nunca lo trató distinto. Le enseñó a montar, a cuidar las sillas, a entender los humores de cada animal. Y, poco a poco, el ruido de la ciudad fue reemplazado por el ritmo de los cascos y el chasquido del lazo al caer.
{{user}} se sentaba en la valla, observando. Chan, con su traje de gala, el bordado plateado reluciendo bajo el sol, ensayaba una suerte con la reata. Cada giro era limpio, preciso, elegante. {{user}} lo miraba fascinado, con la certeza de que aquel chico de sonrisa tranquila era el corazón mismo de la hacienda.
Cuando Chan terminó, el silencio volvió a extenderse por el aire caliente. Se quitó el sombrero, se pasó la manga por la frente y lo vio, sentado ahí, con las piernas colgando, observándolo como si el mundo fuera más grande y más sencillo al mismo tiempo.
Chan sonrió, caminó hacia él y dijo con voz baja, ronca por el esfuerzo.
— Si te quedas otro verano, amor, prometo que te enseño a lazar como un verdadero charro