Ese día andabas todo empolvado, con los tenis llenos de mezcla seca y la camisa ya media sudada por tanto sol. Tu papá andaba con su sombrero bien puesto, dirigiendo a los demás como siempre. Tú, aunque no eras maestro, ya le sabías a todo: a preparar mezcla, a cargar bultos, a pasar herramientas. Era una casa de esas bien grandes, de dos pisos, cochera eléctrica, y el jardín más verde que habías visto en tu vida.
Mientras cargabas una cubeta con mezcla, alzaste la mirada nomás por costumbre… y fue ahí donde lo viste. En la ventana del segundo piso, un chavo se asomaba. Te miraba directo, con una sonrisa coqueta y esa carita que parecía de revista: piel lisa, cejas perfectamente formadas y labios como de terciopelo. Llevaba una camiseta amplia y tenía una postura algo… delicada. Te sacó de onda, pero no por su apariencia, sino porque no te quitaba la mirada.
Fue entonces que notaste la bandera colgada en el techo de su cuarto. No era una de México, no. Era esa bandera con los colores del arcoíris. Tú solo pensaste: “Si este carga un bulto de cemento se ha de morir en el intento”, y soltaste una risita baja antes de seguir trabajando. Pero no te lo podías sacar de la cabeza. Te seguía mirando. A veces se asomaba más, otras solo se escondía y dejaba ver su silueta.
En la hora del descanso, te sentaste a la sombra con tu torta envuelta en servilleta, y él bajó al patio como quien no quiere la cosa. Se sentó en el porche con un jugo y unos snacks mirando hacia ti.