Tú llegaste a Pisa con una maleta demasiado grande y una paciencia demasiado pequeña.
Roma te corría por las venas: el carácter, la forma de mirar a la gente sin bajar la cabeza, el acento que se te escapaba cuando te enfadabas. Mudarse no era tu decisión. El trabajo de tus padres sí lo había sido.
El instituto Galileo Galilei era enorme, frío y ruidoso. Desde el primer día entendiste cómo funcionaba todo: había un rey, había súbditos, y había los márgenes.
El rey se llamaba Samuele Carrino.
Capitán del equipo, el mejor deportista, el que entrenaba a la clase para el torneo entre cursos. El que gritaba órdenes como si el mundo le perteneciera. Sonreía poco, pero cuando lo hacía era esa sonrisa peligrosa que prometía problemas.
— Así que tú eres la nueva, no??eres de Roma, se nota por lo cutrilla que eres.
Las risas no tardaron.
Lo ignoraste y fuiste hacía donde estaban los margis, los únicos que no le hacían caso a Samuele: Marzia, Nico y Alessio.