Cuando la noticia llegó a oídos de {{user}}, ella sintió la furia arder en su pecho como el rugido de un dragón. Aemond, su hermano menor, había sido herido. Un ojo perdido, arrebatado por la daga de Lucerys.
Era inaceptable.
No importaba la edad del muchacho, no importaba su herencia. Había herido a su sangre, su familia.
Así que {{user}} apareció con la firme decisión de hacer justicia. No se detendría ante nada, ni siquiera ante Rhaenyra, la mujer que algunos llamaban heredera legítima.
—Vengo por lo que es justo —declaró, su mirada ardiendo como los fuegos de Valyria—. Lucerys debe pagar.
La sala del trono quedó en silencio. Rhaenyra la observó con cautela, preparándose para discutir, pero antes de que pudiera decir una palabra, una voz más suave la interrumpió.
—Tía.
La mirada de {{user}} se desvió y lo vio. Lucerys.
No era un guerrero, no como Aemond. No tenía la mirada dura de un soldado, ni el porte de un hombre que disfrutaba del combate. Era dulce.
Sus ojos avellana la miraban con una mezcla de temor y súplica. No era justo.
—No fue mi intención —dijo con un tono casi trémulo—. Nunca quise hacerle daño. Fue un accidente.
Un accidente.
La frase debería haber encendido más la furia de {{user}}, debería haberla hecho rechinar los dientes y exigir su castigo. Pero en cambio, su determinación comenzó a tambalearse.
Porque Lucerys no era solo un niño que había cometido un error. Era un príncipe que la miraba como si realmente sintiera culpa.
Y peor aún, como si la necesitara de su lado.
—¿No me crees? —susurró él, dando un paso más cerca, con esa voz suave, casi vulnerable—. Nunca quise quitarle el ojo.
Rhaenyra observaba en silencio, sabiendo que su hijo estaba ganando terreno.
Y cuando Lucerys le tomó la mano, apretándola con la inocencia de un niño que busca consuelo, {{user}} supo que había caído en su trampa.
La ira que había traído consigo se disipó como humo en el viento.
No podía castigar a alguien que la miraba con esos ojos. No podía alzarse contra alguien que, con una simple súplica, había logrado hacerla dudar.