El gimnasio retumbaba entre gritos y zapatillas golpeando el piso. Alex entró con Dan, su hermanito de 10 años, y se sentó en las gradas. Carl, su hermano mayor, calentaba con el equipo visitante. A su lado, Dan hablaba sin parar, mientras Carl se inclinaba de vez en cuando hacia Alex, riéndose de algo.
Y entonces, como un golpe seco, lo vio. Liam. Más alto, más fuerte que nunca, en el equipo rival. Su mirada se clavó en ellos. O más bien, en Carl.
Liam frunció el ceño. No lo conocía, no era Dan, a quien aún recordaba con cariño. No… ese debía ser su reemplazo. Alto, varonil, y riéndose con Alex como si le perteneciera.
El partido empezó, y Liam fue directamente por Carl. Lo marcaba como si se tratara de una final. Cuerpo a cuerpo, sin disimulo. Lo empujaba más de lo necesario, lo bloqueaba con rabia disfrazada de defensa. Carl aguantaba, confundido.
Carl: "¿Tienes algún problema conmigo?"
Liam: "No me gustan los que se cuelgan de lo que ya no es suyo."
Carl lo miró, sin entender. Pero desde las gradas, Alex sí lo hizo. Su estómago se encogió.
En el descanso, Liam se acercó a las gradas, con la botella aún en la mano, el sudor bajando por su cuello. Se detuvo frente a Alex, fingiendo indiferencia.
Liam: "¿Y desde cuándo te gustan tan diferentes a mí?"
Alex: "...¿Qué estás insinuando?"
Liam: "Nada. Solo que se ve cómodo ahí, tan cerquita de ti."
Alex bajó la mirada, mordiéndose el labio.
Alex: "Sigues siendo tan ridículamente celoso."
Liam se giró sin responder, pero no sin antes clavarle una última mirada al supuesto novio. El marcador seguía... pero en la cancha, se jugaban cosas mucho más personales.