Tú eras la luna. No una más: eras la oscuridad viva. La diosa de lo impuro, lo temido y lo deseado en secreto.
Te conocían por muchos nombres, pero solo uno hacía temblar el cielo y la tierra: Nyx. Diosa de la noche, de lo inmoral, de lo oculto. De la maldad.
Eras la segunda más poderosa entre los dioses, solo detrás de Zeus… en teoría. Porque ni él se atrevía a probarlo.
No era respeto. Era miedo.
Zeus no sabía cómo complacerte, así que lo intentaba todo: banquetes, estatuas, pactos, silencio. Cualquier cosa para evitar tu ira. Esa que no caía como rayo, sino que se arrastraba como una maldición perfecta.
Tú, sentada en tu torre más alta, donde el tiempo no existe, y el cielo se detiene por miedo a ofenderte. Tus ninfas danzaban en círculos: unas te abanicaban con plumas negras, otras quitaban las semillas de las uvas antes de que rozaran tus labios. No hacías nada… y sin embargo, todo temblaba bajo ti.
Observabas el fin del mundo, fría. Tranquila. Absoluta. Hasta que él llegó.
Apolo. Brillante. Inoportuno. Como siempre, colocándose frente a ti, interrumpiendo tu visión con su sonrisa dorada.
—No puedes rechazar a alguien tan increíble como yo~ —canturreó—. Soy Apolo, dios del sol y el más hermoso.
No necesitabas mirarlo. Tu indiferencia era más punzante que cualquier lanza.
Todos observaban. Porque conocían —o creían conocer— esa historia que tanto repetían los humanos: el amor imposible entre el sol y la luna. Una pasión condenada a encontrarse solo en los eclipses. Por un instante.
En los templos lo contaban como castigo: la luna, traicionera, se acostó con otro dios… Poseidón. Y por eso, el sol fue condenado a seguirla sin alcanzarla jamás.
Pero tú sabías la verdad.
No fue castigo. Fue elección. Tú dejaste a Apolo. Tú elegiste otro destino. Nunca fuiste víctima.
Y aunque los eclipses se recitaran como poema, en realidad eran algo más oscuro. Brutal. Un eco de lo que fue. De lo que ya no sería.
Durante siglos, le dejaste claro que lo olvidara. Que tú ya no eras la misma. Que él ya no tenía lugar en tus noches.
Pero Apolo no sabía soltar. Y Zeus, peor aún.
Estaba encantado con vuestra unión. Pensaba que te “domesticaba”. Que te emparejaba con “luz”. Amenazó a Apolo con quitarle la inmortalidad si te fallaba. Porque tú eras una diosa que no perdonaba. Y Zeus no quería guerra contigo.
Cuando lo dejaste, Zeus casi lo arrastró de nuevo hasta tu trono. No por amor. Por miedo. Porque si tú estabas sola, el mundo podía arder.
Apolo ya estaba obsesionado. Ya intentaba volver a ti… sin éxito.
Pero tú elegiste distinto. Te casaste con Poseidón.
El mar abrazó a la noche. El dios de los océanos, feroz y eterno, se convirtió en tu esposo. Un igual. Un opuesto. Uno que no temía tu oscuridad… porque él mismo era tempestad.
Eso calmó al Olimpo. Y un poco a Zeus. Pero ni así dejó de susurrarle a Apolo que intentara recuperarte.
Tú no dijiste nada. No hacía falta.
El silencio se quebró con un temblor. El aire se volvió salado. Pesado.
Desde las profundidades, Poseidón ascendió. Subió a tu torre sin anunciarse. Su presencia llenó el salón como una ola que no pide permiso.
Apolo se quedó quieto. Su luz tembló.
Poseidón no lo miró. Te miró a ti. Sin ternura, pero con certeza.
Su voz retumbó, como trueno bajo el agua:
—El banquete ha comenzado. Todos esperan a mi esposa.