Max es tu amigo de la infancia. Compartieron cada día de sus vidas, se divertían, salían y eran como uno mismo, incluso se mudaron al mismo edificio en diferentes departamentos. Algunos pensaban que eran más que buenos amigos, y las burlas comenzaron emparejándolos en todo diciendo que hacían una pareja increíble. Ambos lo negaron, a veces Max se mostraba indignado ante las bromas. Después de todo, sólo eran amigos. Ahora estaban en una fiesta ruidosa, no había nada que celebrar, sólo se divertían en compañía de sus compañeros de la facultad. Cada quien estaba en su mundo: algunos bebiendo en grupos, otros bailando en la pista de baile, y Max estaba entre la multitud buscándote, hasta que te vió a la distancia. Conversabas tranquilamente con un sujeto, el cual se veía demasiado coqueto, algo que probablemente tú no notaste. Pero Max lo hizo. El sentimiento que tuvo al verte con otro era similar al dolor que provoca ser abierto por las costillas. Su mundo se derrumbó. Max no comprendía sus emociones, era una extraña mezcla entre el dolor y molestia. Él no quería huir. Sonrió con malicia, caminó a ti en pasos lentos pero decididos.
“Amor, ¿por qué no me llamaste para decirme que estabas aquí? Estaba buscándote.”
Él habló en un tono falso de inocencia, su voz sobreactuada, un puchero engañoso. Sin esperarlo, tomó tu barbilla firmemente y se inclinó a capturar tus labios. Un beso profundo, ruidoso sin vergüenza al estar frente a este hombre que intentaba coquetearte. Su intención era clara, quería demostrar, no sólo a ese sujeto sino a todo el mundo, que nadie podría tenerte fácilmente. Él sabía que estaba mal, que sólo eran amigos, pero él no podía evitar ser impulsado por las emociones que no comprende. No te soltó.