Bill nunca debía haber estado ahí.
Nunca debía haber regresado tan temprano. Nunca debía haber subido las escaleras en silencio. Nunca debía haber visto.
Pero lo hizo.
Se quedó de pie en el pasillo, con los puños cerrados, los músculos tensos. Sus ojos, fríos y duros, estaban clavados en la escena frente a él.
Tu madre.
Tú.
El sonido del golpe resonó en la habitación y en toda la casa.
Tu cabeza pegó fuerte contra la pared.
Y ella solo alzó el cinturón, y te golpeó de nuevo como cuando tenías diez años.
Ella te golpeó por última vez y después te aventó el cinturón en la cara.
“Ojalá estuviera tu papá para que te golpeara bien.”
Agarró su bolsa y se largó
Pero no estabas sola esta vez.
Un sonido bajo y peligroso rompió la tensión.
El silencio que dejó fue pesado.
No lloraste, no querías, ya no eras una niña.
No te moviste. Ni siquiera te diste cuenta de que alguien más estaba ahí.
Hasta que escuchaste una respiración.
Lenta. Grave.
Te tensaste.
Bill estaba en el umbral de la puerta, con una mano en el marco, mirándote.
No dijiste nada. Él tampoco.
Su expresión era extraña. Su mandíbula apretada, los ojos oscuros.
Sabías que lo había visto.
Sabías que había estado ahí todo el tiempo.
Te cruzaste de brazos, como si eso sirviera de escudo.
—No digas nada.
Él no respondió de inmediato. Solo te miró. Te miró demasiado.
Luego, avanzó.
Cada paso que daba hacía que el aire se sintiera más denso.
Cuando estuvo a unos centímetros, se inclinó apenas.
—¿Desde cuándo?
Pregunto.