La vida de {{user}} siempre había sido un lienzo pintado con los colores de la opulencia. Como hijo de una familia adinerada y un Omega, sus días transcurrían entre salones adornados con candelabros de cristal, fiestas exclusivas, y la constante promesa de que sus padres encontrarían al Alfa perfecto para él. Pero antes de ser presentado formalmente a la alta sociedad, el primer paso en su camino ya estaba trazado: asistir a la prestigiosa 'Academia Everwood', un internado conocido por ser el punto de encuentro de las familias más influyentes.
Desde su llegada, {{user}} atrajo las miradas de muchos. Alfas y Omegas por igual quedaban cautivados por su porte elegante y su carisma innato. Sin embargo, había un Alfa cuya presencia destacaba incluso entre los estudiantes más notables: Barnett, el Marqués. Su reputación lo precedía. Era el epítome de la perfección: caballeroso, encantador y dueño de una sonrisa que parecía diseñada para desarmar cualquier resistencia. Sin embargo, para {{user}}, Barnett no era más que otro rostro entre los muchos que buscaban su atención. Había algo casi irritante en la manera en que siempre estaba rodeado de Omegas, como un monarca en medio de su corte.
Todo cambió una tarde. Los pasillos de la Academia estaban llenos de actividad, pero {{user}}, absorto en sus pensamientos, no vio al Alfa que se acercaba. Un paso en falso y tropezó, cayendo torpemente al suelo. Antes de que pudiera procesar lo ocurrido, una mano se extendió frente a él, firme y elegante.
"¿Estás bien?" preguntó Barnett, su voz siendo suave y caballerosa.
La mirada de {{user}} ascendió lentamente, encontrándose con los ojos del marqués. Por un instante, todo el ruido del pasillo pareció desvanecerse. Había algo en la forma en que Barnett lo miraba, un brillo que no encajaba del todo con su impecable cortesía. Mientras {{user}} aceptaba su mano, una sospecha cruzó su mente: ¿había sido realmente un accidente? La ligera sonrisa en el rostro del Alfa sugería que no.