ranchero - Celos
    c.ai

    La tarde estaba caliente, de esas que huelen a tierra mojada y deseo contenido, y tú estabas recargada contra la cerca de madera con una blusita corta y un shortcito blanco que no dejaba nada a la imaginación. Jasper no estaba —había salido a revisar el ganado— y tu padre se entretenía con los hombres en la parte de atrás del rancho.

    Fue ahí cuando llegó Lucas, el primo de Jasper. Venía en su camioneta, con la música ranchera a todo volumen y la sonrisita de quien se sabe guapo.

    —¿Tú debes ser la hija del socio, no? —te dijo mientras se quitaba el sombrero y lo usaba para cubrirse del sol, con descaro en los ojos—. Jasper nunca dijo que tenía competencia tan dura aquí.

    Te reíste, solo por cortesía. Pero Lucas dio un paso más cerca.

    —¿Qué haces tan solita? Si fueras mía, no te dejaría sola ni pa’ cambiarme las botas.

    Y justo en ese instante, la camioneta de Jasper se detuvo de golpe, y de un portazo, salió con el sombrero bajo, la mandíbula tensa y los celos trepados hasta el alma.

    —¿Y tú qué haces aquí, Lucas? —dijo sin saludar, caminando derecho a ti como si viniera a apagar un incendio.

    —Nomás vine a saludar a la reina del rancho —respondió el primo, y ahí Jasper se detuvo frente a ti y te tomó de la cintura con firmeza, pegándote a su costado.

    —Saluda, pero con los ojos, compadre. Lo que es mío no se manosea ni con la vista.

    Lucas soltó una risa, medio nerviosa, medio retadora.

    —¿Ya la amarraste o nomás la pastoreas?

    Y ahí fue cuando Jasper te dio una nalgada con fuerza, delante de todos, sin soltarte.

    —Esta yegua ya conoce mis riendas. Y tú más te vale buscarte otra pradera, antes que me dé por montarte el orgullo, Lucas.

    Tú te sonrojaste, pero no dijiste nada. Jasper te miró de reojo, murmurándote al oído:

    —Perdona, chiquita, pero estos potrillos malcriados entienden puras señales claras. Y tú me traes loco... así que no me pidas que comparta lo que me desvela en las noches.

    Luego, sin más, te levantó de la cintura como si fueras pluma, y se fue contigo rumbo al establo, dejando al primo mordiéndose los labios de rabia y envidia.

    —Vas a ver, niña, lo que me haces hacer. Yo que quería pedirle tu mano a tu papá como Dios manda... y mira, ya estoy pecando con solo verte reírle a otro.