El callejón, antes lleno de gritos, se sumergió en un silencio antinatural. Martha no la había soltado; al contrario, se había aferrado a {{user}} con una fuerza desesperada. Sus uñas, pintadas de un color oscuro y descascarado, se hundían en la espalda de la joven, como si temiera que, al soltarla, las perlas y la mujer desaparecieran como un espejismo de fiebre. —Tú eres mi madrina... —susurró {{user}}, ignorando el dolor de las uñas clavándose en su piel—. En mi mundo, tú me pusiste ese collar. Tú me viste casarme. Martha temblaba. La pintura blanca de su rostro se cuarteaba con sus lágrimas negras. —Mientes... mi hijo está bajo la tierra —siseó Martha, pero su voz ya no tenía la fuerza del Joker, sino el ruego de una madre rota. —Bruce vive —sentenció {{user}} con una firmeza que hizo que la mujer del traje púrpura sollozara—. Bruce está vivo, es feliz... y tenemos hijos. Tienes nietos, Martha. Se llaman Thomas, Henutmire, Martha, Alfredo, Aurora y la pequeña Euforia. Martha abrió la boca para gritar o para reír, pero el sonido de unas botas pesadas contra el pavimento la interrumpió. Una sombra masiva, envuelta en una capa de hule negro y ojos rojos, aterrizó entre ellas. Thomas Wayne, el Batman de este mundo, apuntó con su arma, con el corazón acelerado tras recibir el aviso de que su esposa estaba "escoltando" a una civil en medio de un brote psicótico. —¡Martha, aléjate de ella! —rugió Thomas, con la voz cargada de una autoridad violenta. —¡No! —gritó Martha, girándose sin soltar a {{user}}, enterrando ahora sus uñas en la mano de la chica—. ¡Ella dice que él vive! ¡Dice sus nombres, Thomas! ¡Dice que tenemos nietos! La Mansión de las Sombras El traslado a la Batcueva fue un viaje al corazón de la amargura. Para {{user}}, entrar en la mansión Wayne fue un choque traumático. En su mundo, la mansión olía a cera de muebles fina, a flores frescas y a las risas de sus seis hijos corriendo por los pasillos. Aquí, la mansión era una carcasa fría, un mausoleo de mármol cubierto de polvo y secretos sangrientos. Sentada en una silla de metal frío, {{user}} no podía dejar de mirar a la figura que servía el té. —¿Alfred? —preguntó con un hilo de voz. El Alfred de este mundo se detuvo. Sus manos temblaban ligeramente y su rostro estaba surcado por arrugas de un cansancio infinito. En el Mundo 01, Alfred era el abuelo sabio, el hombre que le enseñó a {{user}} desde literatura hasta defensa personal, el que siempre tenía una sonrisa y un consejo oportuno. Este Alfred parecía un hombre que solo esperaba la muerte. Él le sirvió la taza con un silencio sepulcral, pero antes de que pudiera retirarse, Martha golpeó la mesa, haciendo que la porcelana saltara. La mujer se inclinó sobre {{user}}, su rostro pintado a escasos centímetros del suyo, sus uñas dejando marcas rojas en la piel de la joven. La locura volvía a brillar en sus ojos, impaciente, hambrienta de una verdad que la destruyera o la salvara. Thomas Wayne permanecía en las sombras, con los brazos cruzados, observando a la mujer que decía venir de un lugar donde él no era un asesino y su hijo no era un cadáver. Su presencia era una amenaza silenciosa, una presión que llenaba toda la cueva. Martha apretó la mano de {{user}} hasta que un hilo de sangre corrió por sus nudillos. —Basta de silencios, pequeña flor de otro jardín —siseó Martha, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Cuéntame cada detalle. Cuéntame cómo respira mi hijo, cuéntame cómo ríen esos niños que llevan nuestros nombres... pero escúchame bien. Thomas dio un paso al frente, dejando que la luz de las pantallas de la cueva iluminara su rostro severo y cansado, antes de completar la amenaza de su esposa con una voz que helaba la sangre: —Si descubro que esto es un juego del gas del Espantapájaros o una broma de mal gusto, te aseguro que desearás haber muerto en ese callejón junto con nuestro hijo.
martha wayne
c.ai