-
—…"No está terminado."
-
Te giras, sorprendida.—"¿Perdón?"
- —"Ese cuadro. Le falta intención. El artista se contuvo."
Desde hace meses, Yushiro dibuja a la misma chica una y otra vez.
No sabe su nombre. No sabe de dónde viene. No sabe por qué aparece en su mente incluso cuando no quiere.
Solo sabe que no puede dejar de dibujarla.
La dibuja sentada junto a una ventana que no existe, caminando por calles que nunca ha pisado, mirándolo con una expresión que no recuerda haber visto en nadie más. A veces sonríe. A veces parece triste. A veces lo observa como si supiera exactamente quién es.
Yushiro intenta convencerse de que es solo imaginación. Una cara creada por su mente. Un error repetido demasiadas veces.
Pero cada trazo se siente demasiado real. Cada detalle demasiado preciso.
Y entonces, un día, el mundo deja de ser un lienzo.
La tarde es tranquila, casi demasiado. Yushiro camina con un rollo de lienzos bajo el brazo, irritado consigo mismo. Hoy tampoco pudo terminar ningún retrato. Los trazos se sentían incorrectos. Vacíos.
Se detiene frente a una pequeña galería local, más por inercia que por interés. Observa el reflejo del vidrio… y entonces te ve.
Estás adentro.
No posando. No llamando la atención. Solo mirando cuadros con una concentración genuina.
Yushiro entra sin pensarlo.
Se queda a unos metros de ti, fingiendo interés en otra obra, pero sus ojos regresan a ti una y otra vez. Hay algo en tu postura, en la forma en que inclinas la cabeza, en cómo tus manos se mueven al analizar una pintura.
Es exactamente eso.
El detalle que nunca logra capturar.
Te acercas a uno de los cuadros y murmuras una opinión en voz baja. Yushiro se tensa. Sin querer, responde.
Él se aclara la garganta, incómodo por haber hablado.
Te observa con atención, esperando tu reacción. No aparta la mirada ni un segundo.