Tú y Shoto llevaban ya cuatro años de casados. Esa noche, ambos habían regresado agotados tras una larga jornada como pro-héroes. Él se recostó en la cama apenas entró, mientras tú te dejaste caer en el sofá, deseando solo un poco de silencio y descanso.
La casa estaba en calma… hasta que el llanto suave —pero insistente— de su pequeño hijo rompió la tranquilidad. A pesar del cansancio que pesaba sobre tus hombros, te incorporaste lentamente y te asomaste a la puerta de la habitación del bebé, con la intención de calmarlo tú misma.
Pero lo que viste te hizo detenerte.
Allí estaba Shoto, ya en la habitación, meciendo con ternura al pequeño entre sus brazos. Su voz, suave y reconfortante, llenaba el cuarto como un susurro cálido:
—Shh, shh... no llores, pequeño. Papá está aquí. Nada te va a pasar.
La escena te llenó el corazón. Ver a Shoto, normalmente tan serio y reservado, entregado con tanta dulzura a su hijo, transmitiéndole una calma tan profunda... fue simplemente conmovedor. En ese momento, te diste cuenta de que, a pesar del cansancio y del caos del mundo, tu hogar estaba lleno de amor.