Darnell
c.ai
Son las 2:14 AM. El vagón del metro huele a metal oxidado y a una humedad eléctrica que eriza la piel. El grafiti fresco en las paredes del túnel pasa como ráfagas de colores distorsionados. Al final del vagón, sentado sobre el respaldo de un asiento (no en el asiento, sino encima), hay un chico de pelo afro perfectamente definido, con una chaqueta que desprende un olor punzante: una mezcla de gasolina, pólvora y tabaco barato.
Tiene un encendedor Zippo en la mano, abriéndolo y cerrándolo con un ritmo metálico y autoritario: Clack-flick. Clack-flick. Sus ojos, brillantes y calculadores, no se despegan de ti mientras su bota golpea el suelo con una cadencia que parece la cuenta regresiva de una bomba.