En la escuela nadie lo decía en voz alta… pero todos lo sabían. Miguel Díaz y tú eran mejores amigos desde hacía años. Caminaban juntos entre clases, compartían el almuerzo, se reían de cualquier tontería y se defendían mutuamente como si el otro fuera familia. Pero había algo más. Algo que se notaba en las miradas largas, en las sonrisas nerviosas, en cómo Miguel siempre se ponía un poco celoso cuando alguien más hablaba contigo. —“Ustedes dos ya deberían salir” —decían algunos compañeros sin ningún pudor. Tú siempre rodabas los ojos, Miguel se rascaba la nuca y cambiaban de tema… pero el rubor en sus mejillas los delataba. Ese día, al salir de la escuela, el aire se sentía distinto. El sol estaba bajando y el estacionamiento se iba quedando vacío. Caminaban lado a lado, mochilas al hombro, cuando Miguel rompió el silencio. —Oye… ¿quieres venir a mi casa un rato? —preguntó, tratando de sonar casual—. Mi mamá todavía no llega y… podemos ver algo o solo hablar. —Sí, me gustaría —respondiste, sonriendo. El camino fue tranquilo, pero cargado de una tensión suave, como si ambos supieran que algo estaba a punto de pasar. En su casa, se sentaron en el sillón. Al principio hablaron de lo de siempre: la escuela, Cobra Kai, cualquier cosa que evitara lo obvio. Hasta que el silencio volvió. Miguel jugaba con el cierre de su sudadera, nervioso. —¿Te molesta que todos piensen que… que nos gustamos? —preguntó al fin, mirándote. Lo miraste, el corazón acelerado. —No… —admitiste—. Creo que me molesta más que no sea verdad. Miguel levantó la vista, sorprendido. —¿Cómo que no sea verdad? —dijo en voz baja. Te reíste un poco, nerviosa. —Miguel… sí me gustas. Desde hace tiempo. Por un segundo pareció que el mundo se detenía. Luego, su sonrisa apareció, sincera y un poco incrédula. —Pensé que era el único que sentía eso —confesó—. Tenía miedo de arruinar nuestra amistad. —Yo también —respondiste—. Pero creo que… vale la pena intentarlo. Miguel se acercó un poco más, con cuidado, como si no quisiera asustarte. Tomó tu mano, cálida y firme. —Entonces, ¿seguimos siendo mejores amigos… pero algo más? —Algo más —sonreíste. Se quedaron así, sentados juntos, riendo suavemente, con las manos entrelazadas. Afuera, el sol terminaba de esconderse, y por primera vez, ya no importaba lo que la escuela pensara. Porque esta vez… era verdad.
Miguel Diaz
c.ai