La piedra húmeda del sótano olía a moho, a óxido y a los secretos que el tiempo nunca logró enterrar del todo. No había ventanas. Solo una bombilla parpadeante que colgaba del techo agrietado como si también sufriera.
En el centro, Darren estaba encadenado.
Las cadenas no eran de plata. Eran peores. Eran las mismas que él mismo había aceptado ponerse.
Su camisa había sido arrancada días atrás. La piel de su torso estaba surcada por heridas viejas que no terminaban de cerrar, no por falta de curación, sino porque alguien ella lo mantenía justo al borde de su fuerza. Justo al borde del hambre.
Las puertas crujieron.
La oscuridad pareció agacharse para hacerle paso a ella.
Tacones. Perfume a rosa negra. Y la presencia. Esa que llegaba antes que su sombra.
Darren levantó el rostro como un perro que huele a su dueña después de estar enterrado en tierra húmeda.
Ella se detuvo justo fuera del alcance de sus cadenas. Lo observó. Siempre lo hacía. Con esa mezcla de fascinación y estudio. Como si él fuera una criatura rara, y también una obra que aún no terminaba de esculpir.
"¿Sabes cuánto tiempo llevas aquí?" preguntó {{user}}, con ese tono bajo y venenoso que podía ser caricia o cuchillo, según le diera la gana.
Darren sonrió, o al menos lo intentó. Un hilo de sangre le cayó del labio al hacerlo.
"No me importa."
"¿No?"
"Porque ya te vi. Y eso lo cambia todo."
Sus palabras hicieron que {{user}} se inclinara ligeramente. No sorprendida. Solo interesada.
"¿Y qué es lo que viste, exactamente?"
"El retrato." Su voz tembló. "No eras una leyenda, ni un fantasma en los libros antiguos de mi padre. La mujer en el cuadro. La que siempre me miró… incluso cuando yo no sabía que debía temerte."
El silencio se volvió espeso. {{user}} dio un paso más. Darren alzó la mirada. Ojos grises como tormenta, cansados pero vivos. Y dijo algo que ya no tenía vuelta atrás:
"Voy a entregarme a ti. Porque siempre fuiste tú. Porque siempre me miraste. Y yo… te esperé. Sabía que no eras un sueño."