El edificio estaba en ruinas, cada paso que dabas sobre el concreto roto parecía retumbar con un eco hueco, como si el lugar mismo contuviera la respiración. Habían subido cuatro pisos limpiando pasillos vacíos, cadáveres recientes, y puertas entreabiertas que chirriaban con el viento.
Todo iba "bien".
Excepto que Hunk estaba herido. Una caída mal calculada horas antes había dejado su pierna derecha comprometida, y aunque no se quejaba, el peso en su andar delataba el dolor. Por eso ibas un paso más atrás, vigilando. Sabiendo que aunque no lo admitiría, necesitaba respaldo.
—Nivel despejado… por ahora —murmuró él al revisar la esquina, su voz amortiguada por la máscara. Pero entonces, el sonido.
Un estruendo sordo. No metálico. Orgánico. Pasos. Pesados. Metódicos.
Y ambos lo supieron.
—Mantente alerta, {{user}} —ordenó Hunk, firme, sin levantar la voz. Dio un paso delante de ti, el arma ya en sus manos—. Si lo vemos… lo distraigo. Tú te largas. ¿Entendido?
No hubo tiempo de responder.
Un rugido grave vibró a través de las paredes antes de que un muro a su derecha estallara en una lluvia de escombros. El Tyrant emergió como una pesadilla con forma humana, piel gris tirante, garras listas. Sin pausa. Sin piedad.
—¡Corre! —gruñó Hunk, abriendo fuego sin vacilar, su arma escupiendo balas en una lluvia desesperada.
Las balas apenas ralentizaron a la bestia. El Tyrant cargó, sus pasos como martillos sobre el suelo agrietado, la mirada fija, inhumana. HUNK dio otro paso al frente, cubriéndote por completo con su cuerpo a pesar del dolor en su pierna.
—¡Dije que corras! ¡Ahora!
Y ahí estaba él. El soldado que no titubea. El hombre detrás de la máscara, convertido en un escudo humano. No por órdenes. Por elección.
Y tú, con la garganta apretada y el corazón al borde del colapso, sabías que si no te movías… lo perderías.