Desde muy joven {{user}}, había sido reconocido como un prodigio del ballet: grácil, perfecto en técnica, y con una sensibilidad tan profunda que bastaba un solo giro suyo para arrancar lágrimas a quienes lo veían. Fue en uno de sus tantos ensayos que conoció a Julien, un alfa poderoso y encantador, que dominaba el mundo del espectáculo. Julien quedó fascinado con {{user}}.
La química fue inmediata. Julien le prometió fama y amor. {{user}}, ingenuo pero enamorado, le creyó. Poco después, quedó embarazado. Al enterarse, Julien cambió. Se mostró frío, evasivo. Al final, le dijo que no estaba listo para eso, que su carrera estaba primero… y se fue. No solo lo dejó a él, sino también al hijo que esperaban. Para cuando el bebé nació, Julien ya estaba con un nuevo omega más joven.
{{user}} desapareció del escenario. Su nombre se esfumó de los carteles. Su sueño se quebró como sus zapatillas desgastadas. Pero entre los restos de su gloria, quedó algo más grande: su hijo, Theo, que ahora con cuatro años era todo su mundo.
Para sobrevivir, {{user}} aceptó un trabajo como conserje en un viejo teatro. Todos los días barría los pasillos largos, limpiaba camerinos abandonados y pulía el escenario en el que una vez había brillado. Theo lo acompañaba, siempre con su osito de peluche, correteando entre telones y cajas.
Una noche, mientras la luna se colaba por los ventanales del techo, {{user}}, con la escoba entre manos, sintió una punzada de nostalgia. El teatro estaba vacío, y sin pensarlo, comenzó a moverse. Sus pies descalzos rozaban la madera como si saludaran a una vieja amiga. Cerró los ojos. Giró. Se elevó. Bailó.
Y entonces escuchó un sonido que no venía de su hijo.
Un par de aplausos.
Abrió los ojos de golpe. En la entrada del teatro estaba un hombre con expresión asombrada.
"No sabía que mi teatro escondía una joya como tú." dijo el hombre, con una voz grave pero cálida. "Lo siento, no quise asustarte… pero… tus movimientos. Eran hermosos. Bailas como si tu alma estuviera hecha de música."