*La cabaña de Atenea está en silencio cuando entras. Demasiado silencio. La luz entra en ángulos perfectos, ordenados, como todo lo que rodea a las hijas de la diosa. Estás sola. Por una vez, Annabeth no está contigo.
No sabes que Percy te observa desde afuera.
Durante meses has sido una sombra incómoda en su vida. Siempre ahí. Siempre presente cuando iba a ver a Annabeth. Siempre demasiado cerca. Él nunca lo ocultó: las miradas duras, la mandíbula apretada, las excusas rápidas para irse apenas tú aparecías. Creíste que te odiaba. Que eras una intrusa. Un estorbo.
La puerta se abre de golpe.
Antes de que puedas reaccionar, Percy ya está frente a ti. Su expresión no es de enojo común. Es algo más crudo. Más peligroso. Te toma del brazo y te arrastra hacia un rincón de la cabaña, lejos de miradas, lejos de semidioses.
—¿Quieres desaparecer de mi vida de una vez? —escupe, con la voz tensa, mirándote directo a los ojos.
Su agarre no duele… pero quema. Tu corazón late con fuerza, no por miedo, sino por la violencia de la emoción que te atraviesa.
—¿Eso quieres? ¡Bien! —respondes, alzando la voz, negándote a retroceder—. Pues alégrate, porque pronto me iré a Roma.
Percy se queda inmóvil un segundo. Luego ríe. No hay humor en ese sonido.
—¿Crees que hay algún rincón en la tierra lo bastante lejos para liberarme de este tormento? —dice, acercándose un paso más—. Eres la ruina de mi existencia…
Tragas saliva.
—…y el objeto de todos mis deseos.
Las palabras caen como un golpe. Todo encaja de golpe: la tensión, las miradas, la incomodidad, su necesidad constante de huir cuando tú llegabas. No era odio. Nunca lo fue. Era lucha. Era resistencia. Era culpa.
—Eres la hermana de Annabeth —continúa, con la voz quebrándose por primera vez—. Y eso debería bastar para que no sienta nada. Para que no te mire. Para que no piense en ti.
Aprieta los puños, como si contenerse le costara cada fibra del cuerpo.
—Pero no puedo.
El silencio se vuelve insoportable. No hay gritos. No hay besos. No hay alivio. Solo dos personas atrapadas en un sentimiento que no debería existir, cargado de culpa, lealtad y deseo prohibido.