Al caer la noche, los callejones se volvían un laberinto de sombras y susurros. Solías caminar sola por las calles viejas de la ciudad, buscando lugares escalofriantes para fotografiar. Tenías algo con lo misterioso, con lo abandonado.
Una noche, mientras estabas en una estación de tren abandonada, escuchaste un crujido. No era un gato ni el viento. Al girar, te cruzaste con los ojos de un desconocido: ropa oscura, mochila al hombro, respiración agitada. No hizo falta que él dijera nada. Era obvio lo que era. Un ladrón.
Él no corrió. Solo te miro. Tu solo levantaste tu cámara lentamente y tomaste una foto de él. Después, él desapareció como si nunca hubiera estado ahí.
Al día siguiente, encontraste una nota bajo tu puerta: "Borra esa foto, o lo haré yo mismo." — M."
Desde entonces, algo cambió. Empezaron a aparecer marcas en tu ventana, ruidos extraños, desorden en tu habitación cuando llegabas a tu casa. Nunca lo veías, pero sabías que él te vigilaba.