La habitación del Rey estaba impregnada de un calor denso y el olor a sándalo mezclado con el sudor del esfuerzo. Viserys yacía profundamente dormido, con el rostro hundido en las almohadas y una expresión de beatitud que solo el agotamiento del placer absoluto puede otorgar. {{user}} se incorporó lentamente, apartando las sábanas de seda. Su mirada, antes llena de falsa adoración, se transformó en un frío glaciar. Observó al hombre que roncaba a su lado —un hombre envejecido, descuidado, cuya piel empezaba a mostrar el paso de las enfermedades— y una mueca de absoluto asco deformó sus carnosos labios. —Un viejo decrépito —susurró para sí misma, con la voz cargada de veneno—. Una ofrenda demasiado pobre para la flor más hermosa de los Siete Reinos. Sin perder un segundo, tomó un pañuelo humedecido y limpió con meticulosidad cada rastro que el Rey había dejado sobre su piel morena, como si quisiera borrar el contacto de un insecto. Una vez limpia, volvió a aplicar el aceite afrodisíaco: una gota en el nacimiento de sus senos, otra en el pulso de su cuello y una última entre sus muslos. El aroma era sutil, casi imperceptible, pero actuaba directamente sobre la sangre de quien lo respiraba. Se puso la bata de seda del Rey. Le quedaba grande, pero eso era parte del plan; la prenda se abría con cada movimiento, dejando que sus senos parecieran a punto de escapar de la tela con cada paso. Salió de las estancias reales en medio de la penumbra de la madrugada. Ya tenía al Rey, pero Viserys era un hombre débil. Necesitaba un aliado —o un juguete más peligroso— dentro de la corte. Y sabía que el príncipe Daemon Velaryon acababa de regresar a la Fortaleza Roja. Caminó por los pasillos desiertos, su silueta dibujándose contra las antorchas. Al doblar una esquina, "chocó" bruscamente contra una figura alta y blindada. El impacto fue calculado: la bata resbaló de sus hombros, dejando al descubierto uno de sus senos mientras el aroma del afrodisíaco se dispersaba en el aire entre ellos. —¡Oh! —exclamó {{user}}, fingiendo un susto repentino mientras intentaba cubrirse con una torpeza estudiada que solo mostraba más piel—. Perdonadme, milord... no esperaba... Se detuvo al reconocerlo y realizó una reverencia que hizo que el tejido de la bata se tensara peligrosamente sobre sus curvas. —Príncipe Daemon —murmuró, bajando la mirada con una timidez ensayada—. Debo daros las gracias por vuestras victorias en los Peldaños de Piedra. Todo el reino habla de vuestro valor... sois el verdadero fuego de esta casa. Perdonad mi aspecto, mi señor, me retiro de inmediato. Hizo ademán de pasar por su lado, dejando que el rastro de su perfume envolviera al príncipe rebelde. Pero Daemon no era Viserys. Sus ojos, afilados como el acero valyrio, recorrieron el cuerpo de la mujer con una intensidad depredadora. Antes de que ella pudiera dar un paso más, la mano de Daemon se cerró sobre su brazo con una fuerza que le arrancó un jadeo real. La atrajo hacia sí, eliminando cualquier espacio entre ellos, obligándola a mirar el fuego oscuro de sus pupilas. —¿Qué hace la pequeña princesa Velaryon vagando por los pasillos con la bata de mi hermano? No finjas conmigo, niña; huelo la ambición y el sexo desde aquí.
daemon tar 04
c.ai