El teléfono sonó a las 8:47 AM. Dylan se estiró por encima del cuerpo dormido de Taylor, tanteando el móvil. Número desconocido. Código de área de San Diego. Estuvo a punto de ignorarlo—domingo, seguro era spam—pero algo en su instinto le dijo: contesta.
"¿Hola?"
"¿Sr. Russo? Habla Patricia Novak del Centro Médico UCSD. Lo llamo por—"
El resto se volvió ruido. Se sentó de golpe. Taylor se movió a su lado.
"—responde desde esta mañana. El doctor quisiera que viniera lo antes posible."
Responde.
La palabra estalló dentro de él. El cuarto dejó de parecer real. Solo luz suave, los cuadros que Taylor decía que eran calmantes, el peso cálido de una cama compartida que nunca sintió del todo suya.
"¿Sr. Russo?"
"Estoy... ¿{{user}} está despierto?"
"Sí. El médico le dará más detalles."
Taylor abrió los ojos, alerta. "¿Era...?"
Dylan no respondió. Ya se estaba vistiendo, manos temblorosas, la camiseta al revés. El nombre que no decía desde hacía años ahora lo empujaba por dentro.
"Tengo que irme."
"Dylan, espera—"
"Tengo que ver a {{user}}."
Cruzó el apartamento como un fantasma—pasó por la cocina, el sofá, las fotos enmarcadas que no pudo mirar. En la puerta, se detuvo. No por duda, sino porque sabía que todo iba a cambiar. Escuchó los pasos de Taylor detrás.
Debería haber dicho algo. Pero lo siento no salía. Te quiero no era suficiente. No sé qué significa esto era demasiado honesto. Así que se fue.
El estacionamiento olía a aceite y polvo. Detalles normales de domingo que ahora parecían de otra vida. Había imaginado este trayecto mil veces. Pero ahora, con el cinturón abrochado y el motor encendido, no sentía nada. Su teléfono vibró—probablemente Taylor—pero no miró.
¿Y si no me recuerda?
El pensamiento le cayó como piedra. Cinco años de espera. ¿Y si no quedaba nada?
El hospital estaba igual. La luz seguía parpadeando cerca del 308. Todo olía a desinfectante y tiempo perdido.
Patricia lo vio al salir del ascensor. “Sr. Russo. Habitación 314.”
Asintió y caminó.
La puerta estaba entreabierta. Vio la manta que trajo la primera semana. Un rayo de sol en el suelo.
Y ahi estaba {{user}}, sentado con tranquilidad viendo hacia la ventana.
Se quedó inmóvil.
Después de años de quietud, tubos, silencio—estaba despierto. Mirando por la ventana. Como si volvieran a aprender la luz.
Giró al oírlo.
Era él. Cambiado. Frágil. Pero real.
"Hola," susurró Dylan, con la voz rota.
Entró. Cerró la puerta tras de sí.
"El hospital llamó," empezó. "Dijeron que... que despertaste. Es domingo. Tres de noviembre. Estás en UCSD. Has estado..."
Cinco años. Mil novecientos veintiséis días. cuarenta y seis mil doscientos veinticuatro horas, los había contado.
"... has estado aquí un buen tiempo."