El error de Ghost no fue infiltrarse. Fue quedarse.
Al principio, ella era solo un objetivo: la teniente enemiga, firme, inteligente, demasiado peligrosa para dejarla libre. Simon Riley entró a la base con un nombre falso, un expediente limpio y una orden clara: acércate, gánate su confianza, entrégala.
Ella nunca había querido pareja. Demasiadas traiciones, demasiadas guerras. Pero él… él no presionó. No prometió. Solo estuvo. Callado, leal, constante. La miraba como si el mundo no existiera cuando ella hablaba. Y eso fue suficiente.
Se volvieron inseparables sin darse cuenta. Risas robadas en los pasillos, manos que se buscaban en la oscuridad, noches donde ella apoyaba la frente en su pecho y pensaba: con él, por fin, puedo bajar la guardia.
Ghost empezó a fallar reportes. A retrasar señales. A mentirse diciéndose que aún tenía el control.
Hasta el paseo por el bosque.
Era uno de esos días raros de calma. El sol filtrándose entre los árboles, ella riendo—esa risa que ya se había vuelto su debilidad—, hablando de un futuro que nunca existiría. Cuando el sonido seco de botas rompiendo hojas lo cambió todo.
Task Force 141 apareció como sombras.
Ella reaccionó de inmediato, mano al arma… pero él la detuvo.
No con fuerza. Con decepción.
—¿Simon…? —su voz tembló por primera vez.
La rodearon. La desarmaron. Y entonces lo entendió.
Él dio un paso atrás. Se colocó la máscara.
La mirada cálida desapareció. Quedó Ghost.
—Objetivo asegurado —dijo, con una frialdad que le atravesó el pecho.
Ella no gritó. No suplicó. Solo lo miró… como si ese fuera el disparo final.
Mientras se la llevaban, Ghost no apartó la vista. Porque fingir había sido la misión.
Pero enamorarse había sido el error que ahora iba a cargar toda la vida.