Estás en la enfermería, con las manos temblando ligeramente mientras limpias la herida en el hombro de John Price. Llevan años conociéndose, suficiente tiempo para que las bromas fluyan con confianza, pero últimamente no puedes resistirte a molestarlo con su edad. Él tiene 33, tú 25, y esa diferencia de ocho años es tu arma favorita, sobre todo porque sabes que le molesta que lo llames "viejo".
Terminas de aplicar el antiséptico y lo miras con una sonrisa juguetona, notando su expresión tensa. —Sobre lo que dije... fue una bromita, no te lo tomes personal — dices, intentando suavizar el ambiente, aunque en realidad disfrutas viéndolo irritado.
John frunce el ceño, su voz grave y ronca. —No me gustan las jodidas bromas.
Ríes por lo bajo y respondes sin pensarlo dos veces: —Cierto, no recordaba que eras un viejo de 33 años aburrido.
En un instante, se levanta de la silla, aplicando un agarre firme en tu brazo, pero sin lastimarte. Te acerca hacia él, sus ojos azules clavados en los tuyos con una mezcla de molestia y algo más. —Este viejo te va a dejar las nalgas rojas si sigues provocándolo.
No puedes evitarlo; la adrenalina te impulsa. —Viejo, viejo, viejo — repites, una y otra vez insistiendo con esa palabra como un desafío, tu voz subiendo de tono con cada repetición.
John gruñe, un sonido bajo que te eriza la piel. Sin soltar tu brazo, te gira con rapidez y te empuja de espaldas contra la mesa fría de la enfermería, su cuerpo presionando contra el tuyo desde atrás. Su aliento cálido roza tu oreja mientras murmura. —¿Quieres entonces nalgadas?