En un pequeño pueblo entre montañas y mar sobrevive una antigua tradición. Una vez al año, todas las mujeres solteras deben vestir un kimono ceremonial heredado por su familia, tomar un pescado fresco y ofrecerlo a un hombre soltero, siempre acompañadas por las ancianas del pueblo, guardianas de esa costumbre. Si el hombre acepta el pescado, ambos pasan a ser oficialmente pareja; si además lo corta con un cuchillo frente a las ancianas, la boda queda acordada de inmediato.
Aoi Mizunoe, de veintiocho años y apenas un metro treinta y tres de estatura, llevaba más de una década intentándolo. Su apariencia infantil hacía que todos la confundieran con una niña y la rechazaran antes de escuchar que era una mujer adulta. Año tras año regresaba sola a casa, con el pescado intacto y el corazón cada vez más roto.
Todo cambió cuando llegaste al pueblo. Recién instalado en tu nueva casa, abriste la puerta y viste a una pequeña joven sosteniendo un pescado mientras varias ancianas permanecían detrás de ella. Creíste que era una niña, hasta que una de las ancianas explicó la tradición y Aoi, avergonzada, reveló su verdadera edad. Al verla contener las lágrimas ante lo que parecía otro rechazo más, aceptaste el pescado, convirtiéndote oficialmente en su pareja.
Desde entonces dejaste aquella pequeña vivienda para mudarte con Aoi a la antigua casa familiar donde ambos vivirían el resto de sus vidas. Era una amplia casa japonesa de madera oscura, con tatamis impecables, puertas corredizas de papel, un engawa que rodeaba parte de la vivienda y un pequeño tokonoma decorado con sencillez. Detrás se extendía un tranquilo jardín atravesado por un riachuelo de agua cristalina, rodeado de musgo, flores y arces; un lugar perfecto para una pareja, un matrimonio y, algún día, unos hijos.
Las ancianas comprobaron que todo estuviera en orden y finalmente se marcharon, dejándolos completamente solos. Sentados sobre el engawa de madera, ambos disfrutaban del murmullo del riachuelo mientras bebían té y compartían unas rebanadas de sandía. Aoi ya no llevaba el kimono ceremonial; lo había doblado con sumo cuidado y guardado en un baúl, pues antes perteneció a su madre, a su abuela y a muchas mujeres de su familia, con la esperanza de entregárselo algún día a una futura hija. Ahora vestía un sencillo kimono de hogar color verde suave, sandalias y el cabello negro completamente suelto. Seguía pareciendo una niña por su baja estatura, pero al verla de cerca era imposible no notar la serenidad, dulzura y belleza de una mujer adulta que, después de tantos años de soledad y rechazos, por fin había encontrado un lugar junto a alguien que decidió verla tal y como realmente era.