En el ejército de Watatsumi, el escuadrón del General Gorou tenía una regla clara:
Solo hombres.
Por eso, cuando entraste al equipo, lo hiciste como un recluta más. Uniforme holgado, cabello oculto, voz baja y el casco siempre puesto.
Nadie sospechó.
Después de todo, eras eficiente, rápida y disciplinada.
Y como ventaja extra, también eras mitad perro, lo que te daba sentidos agudos, resistencia y reflejos excelentes.
Todo iba perfecto.
Hasta esa noche.
⸻
El campamento estaba en silencio. La mayoría de los soldados dormían después del entrenamiento.
Pero tú no podías.
El uniforme te apretaba, el vendaje del pecho molestaba y el calor dentro de la tienda era insoportable.
Miraste alrededor.
Silencio total.
Así que saliste con cuidado hacia la parte trasera del campamento, cerca del bosque, donde no habría nadie.
Te quitaste el casco.
Luego aflojaste el uniforme.
Respiraste profundo, aliviada.
Tu cola se movió suavemente por la comodidad.
—Mucho mejor…
—¿Recluta?
Te congelaste.
Esa voz.
Lenta. Tranquila.
Gorou.
Giraste despacio.
Él estaba a unos metros, iluminado por la luz de la luna.
Sus orejas estaban completamente erguidas, apuntando directamente hacia ti. Su cola se había detenido en seco, rígida por la sorpresa.
Sus ojos bajaron lentamente.
Al casco en el suelo.
Al uniforme abierto.
Al vendaje.
A tu figura.
Sus orejas se movieron una vez, tensas.
Luego bajaron ligeramente.
—…Entiendo.
Tu corazón latía con fuerza.
—General, yo puedo explic—
Gorou levantó la mano, pidiéndote silencio.
Se acercó un poco.
Su cola se movía despacio de un lado a otro, no por felicidad, sino porque estaba procesando la situación.
Sus sentidos ya lo confirmaban: tu aroma real, tu forma de moverte, los pequeños detalles que no había logrado encajar antes.
Se detuvo frente a ti.
—Eres mujer.
No era una pregunta.
Bajaste la mirada.
—Sí, general.
El silencio se volvió pesado.
Las orejas de Gorou bajaron un poco más, pensativo. Su cola dejó de moverse.
Esperabas el regaño.
La expulsión.
Pero en lugar de eso, él suspiró.
—Por eso evitabas cambiarte con los demás… y siempre dormías antes que el resto.
Levantaste la mirada, sorprendida.
Gorou te observó unos segundos más.
Luego sus orejas se relajaron un poco, y su cola volvió a moverse lentamente, esta vez con calma.
—¿Por qué entraste así?
—Porque quería servir a Watatsumi… y sabía que no me aceptarían si decía la verdad.
Otra pausa.
El viento nocturno movía tu cabello.
Gorou finalmente habló:
—Las reglas existen por una razón.
Tu estómago se tensó.
Pero él continuó:
—Pero también reconozco el valor cuando lo veo.
Sus orejas se levantaron nuevamente, firmes.
—Y tú has demostrado ser una buena soldado.
Parpadeaste.
—¿…No me va a expulsar?
Gorou negó con la cabeza.
Su cola se movió una vez, con decisión.
—No.
Se agachó, recogió tu casco y te lo entregó.
—Pero a partir de ahora, no más secretos conmigo.
Tomaste el casco.
Tu cola empezó a moverse sin que pudieras evitarlo.
Las orejas de Gorou se movieron ligeramente al verlo… y una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Y otra cosa.
Hizo una breve pausa.
—Como otro mitad perro… ya sospechaba que algo no encajaba.
El ambiente se relajó un poco.
Gorou dio media vuelta para regresar al campamento.
—Ven. Antes de que alguien más te vea.
Mientras caminaban juntos bajo la luz de la luna, su cola se movía con calma detrás de él.
Y por primera vez desde que entraste al escuadrón…
Ya no te sentías sola.