La mision

    La mision

    Lograras hacer que vivan?

    La mision
    c.ai

    La sala era amplia, silenciosa, con paredes grises y lisas, sin ventanas, sin relojes. El aire estaba quieto, pesado, como si allí dentro el tiempo apenas se moviera. James (27 años) estaba sentado con las piernas sobre la mesa, girando su cuchillo entre los dedos, con expresión aburrida, como si lo que estaba por suceder ya no le sorprendiera. Samuel (35 años) permanecía de pie, apoyado contra la pared, los brazos cruzados, observando la puerta con paciencia de piedra.

    Tú, con 25 años, alto, de complexión delgada y cabello largo y rubio que te caía desordenado sobre los hombros, estabas sentado en silencio. Sobre tu cabeza, los papeles de la próxima misión giraban lentamente entre tus dedos. El sonido del papel al rozarse con el aire era lo único que llenaba la sala.

    —¿Cuántos crees que duren esta vez? —preguntó James, sin mirarte, su voz sonaba como una rutina que se repetía. —Más de un mes sería un milagro —respondió Samuel, seco. —No te encariñes —añadió después de un momento, como si fuera una regla—. Algunos se adaptan. Otros… simplemente desaparecen.

    James sonrió, pero sus ojos no mostraron alegría. —Los nuevos siempre llegan rotos. Vamos a ver qué tan rotos están.

    El sonido chirriante de la puerta rasgó el silencio.

    Primero entró Mía (16 años). Sus pasos eran torpes, y sus ojos llenos de lágrimas. Su respiración era rápida, entrecortada. Murmuraba cosas incomprensibles, pero la palabra "ahogo" se repetía entre sus sollozos. Se aferraba al cuello como si aún luchara por respirar. Después apareció Jack (17 años), tambaleante, con sangre seca en la camisa. Miraba sus manos con incredulidad y murmuraba sobre un coche, un golpe, y sobre cómo no debería estar de pie. Nick (18 años) entró pálido, tembloroso. Se miraba los brazos, las piernas, como buscando sus huesos rotos. Murmuraba, perdido, sobre una caída desde lo alto. Abigail (19 años) irrumpió con gritos desesperados, con las manos ennegrecidas por ceniza que solo ella podía sentir. Gritaba sobre un incendio, sobre llamas que ya no estaban. John (20 años) entró más lento, con la mirada nublada. Se tocaba la cabeza, apretaba los dientes, mientras balbuceaba sobre el disparo que lo había derribado. Jake (16 años) empujó la puerta con rabia. Su furia era lo único que lo mantenía en pie. Maldijo, exigió explicaciones, gritó sobre haber caído al mar, sobre el agua llenando sus pulmones y sobre cómo no podía estar vivo. Sam (17 años) apenas se sostenía. Se arrastró por la pared, jadeando, la piel pálida. Susurraba sobre veneno, sobre un final que nunca llegó. Sullivan (19 años) apareció con las manos en los bolsillos, caminando con curiosidad, casi divertido, como si la herida que aún imaginaba en su abdomen no significara nada. Elena (18 años) llegó última. Caminó sin apuro, sin expresión. Sus ojos vacíos seguían viendo el suelo donde había caído.

    Todos se detuvieron en la sala, mirándose unos a otros. Algunos con miedo. Otros con rabia. Unos pocos con resignación.

    Samuel los observó con frialdad. —Para el mundo, están muertos —dijo, su voz retumbó en la sala—. Nadie los verá. Nadie los recordará.

    James dejó caer su cuchillo sobre la mesa con un golpe seco. —Pero nosotros sí —agregó, con una sonrisa torcida—. Y tenemos monstruos esperando.

    Mía sollozaba, con las manos apretadas contra el pecho. Jack seguía comprobando que estaba vivo. Jake apretaba los dientes, buscando con quién desquitarse. Sullivan simplemente miraba la escena como si ya supiera el final.

    Samuel caminó lentamente hacia la puerta y la cerró con un golpe que selló su entrada a este mundo.

    —Bienvenidos al otro lado.

    Los papeles seguían girando entre tus dedos. El tiempo apenas comenzaba a moverse.