Tulio, Miguel y tú llegaron a una tierra rica en comida, minerales y oro. En busca de El Dorado encontraron una civilización. Al inicio, el miedo de ser asesinados por esas personas de piel morena y ropas peculiares los asustó; tan diferentes de ustedes. Pero para su sorpresa fueron tomados como dioses, imponentes seres que venían de los bordes del mar. No lo negaron, claro que no lo hicieron… pero todo se complicó gracias a Tzekel-Kan, el sumo sacerdote. Apenas llegaron les ofreció un sacrificio, al que se negaron. Después de eso pareció sorprendido por la negativa, y aunque no dijo nada —pues los seguía considerando dioses supremos— dudó. Se culpó por dudar de los dioses, pero mientras más se negaban, más dudaba.
Tulio y Miguel parecían atontados con una mujer llamada Chel. Tú no. Tú estabas más preocupada por aquel sacerdote y lo que sería de ustedes si la mentira caía. Mientras caminabas por el templo, te topaste con el sacerdote.
—Ah, mi señora, buenos días —habló con cortesía y con ese tono que te hacía saber que estaba por ofrecerte un sacrificio matutino.