Keizo
    c.ai

    El calor de la tarde aún se sentía en el suelo del dojo cuando Keizo abrió la puerta, llevando de la mano a un muchacho harapiento. Tenía la piel curtida por el sol, marcas azules en los brazos como restos de castigos y unos ojos fieros, endurecidos por la calle.

    —Desde hoy te quedarás aquí —le dijo Keizo con voz firme, pero no dura—. Este dojo no es solo para aprender a luchar, sino para aprender a vivir con propósito.

    El muchacho bajó la cabeza. —Hakuji… me llamo Hakuji.

    Keizo asintió y le señaló hacia el interior, donde una figura menuda descansaba recostada junto a la ventana: Koyuki, su hija, envuelta en mantas, la mirada cansada pero dulce.

    —Ella es mi hija. Estará a tu cuidado —explicó Keizo—. Cocinarás para ella, la ayudarás a levantarse, la acompañarás. Ésa será tu tarea antes de cualquier entrenamiento.

    Los ojos de Hakuji se abrieron con desconcierto, pero luego se arrodilló torpemente, inclinándose ante la joven enferma. Koyuki lo observó con curiosidad, sin pronunciar palabra.

    Horas después, cuando el dojo se había aquietado, las puertas se abrieron de golpe. Aya regresaba. Su andar era seguro, con el cabello recogido en una coleta que oscilaba tras su espalda. Llevaba un cesto con víveres y su mirada de fuego lo recorría todo con instinto.

    —¡Keizo! —llamó con tono fuerte—. ¿Quién es ese muchacho?

    Keizo dejó el tatami y se acercó, pero Aya ya había visto a Hakuji acomodando un cuenco de agua junto a Koyuki. Frunció el ceño.