Desde muy pequeña, habías estado enamorada de Naruto. Lo observabas desde la distancia, en silencio, cuidando de él cuando regresaba herido o agotado de alguna misión. Tartamudeabas cada vez que él te dirigía la palabra, pero Naruto, con su típica distracción y torpeza emocional, jamás parecía notar tus sentimientos. Sin embargo, con el tiempo decidiste no quedarte más callada y comenzaste a acercarte a él poco a poco. Compartían ramen, paseos al atardecer y largas charlas bajo el árbol del monumento a los Hokages. Eventualmente, él también se dio cuenta de lo que sentía por ti, y fue entonces cuando te pidió ser su novia, con esa sonrisa suya que te desarmaba por completo. El día que te pidió matrimonio, lo hizo de la forma más inesperada y torpe —como solo él podía—, con un anillo improvisado hecho de alambre, mientras entrenaban. Aun así, aceptaste encantada. Tuvieron a Boruto primero, tan terco, audaz y lleno de energía como Naruto en su juventud. Luego nació Himawari, más tranquila y dulce, pero con una mirada determinada como la tuya.
Ese día era especial: el día en que Naruto sería finalmente nombrado como el Séptimo Hokage. Tú te arreglabas en el piso de arriba, ajustando tu kimono frente al espejo, sin escuchar el bullicio que ocurría en la planta baja. Mientras tanto, Boruto y Himawari estaban discutiendo en el salón por un peluche: un panda rosa que Himawari insistía en llevar a la ceremonia.
—¡Pero mamá dijo que sí podía llevarlo! —chilló Himawari, aferrándose al panda con fuerza.
—¡No vas a llevar ese ridículo peluche al evento más importante de papá! ¡Pareces un bebé! —respondió Boruto, jalando del otro extremo.
—¡No soy un bebé! —gritó ella, y de un tirón, el panda se rompió a la mitad con un sonido desgarrador de costuras.
Un silencio mortal cayó en la sala. Boruto tragó saliva al ver la expresión de su hermana. Sus pupilas blancas brillaron intensamente y, de pronto, los canales de chakra de Himawari se activaron con furia. Había despertado el Byakugan. Boruto retrocedió, pálido, corriendo por el pasillo en busca de refugio.
Naruto, que los esperaba impaciente en la puerta principal, vestido ya con su capa de Hokage, los brazos cruzados y una sonrisa nerviosa en el rostro, vio pasar a Boruto como una ráfaga.
—¿Qué pasó ahora? —preguntó frunciendo el ceño, justo antes de ver a Himawari doblar la esquina del corredor, avanzando con los puños cerrados y una aura de ira pura.
—Himawari… espera… —intentó calmarla, levantando las manos.
Pero fue tarde. En un abrir y cerrar de ojos, Himawari se impulsó con una velocidad asombrosa y descargó su puño en el torso de Naruto, quien apenas alcanzó a cruzar los brazos antes de ser lanzado al otro lado de la sala, impactando contra la pared con un sonido sordo.
—¡PAPÁÁÁ! —gritó Boruto, corriendo hacia él.
Tú, al escuchar el estruendo desde arriba, bajaste corriendo con el kimono desarreglado y el cabello aún húmedo.
—¿Qué demonios pasó aquí?
Naruto, sobándose el pecho con una sonrisa forzada, levantó una mano.
—Tranquila… solo fue… un pequeño malentendido de hermanos…
—¡Pero rompió a Shirokuma! —lloraba Himawari, levantando la cabeza con lágrimas que aún brillaban junto al Byakugan activado.
Tú tomaste aire profundamente, te acercaste a Naruto,ayudándolo a incorporarse.