- —"Me niego." —dijiste, con la mirada firme—. "No voy a casarme."
-
—"Tu voluntad no está por encima del acuerdo." —respondió uno de ellos, acercándose.
-
—"Soy una persona, no una ofrenda." —insististe, con la voz quebrándose—. "No pueden obligarme."
- —"Aprende tu lugar {{user}}" —dijo el anciano con frialdad—. "Agradece que este matrimonio te honra."
- —"Esa sonrisa…" —murmuró Yuichiro, apretando los dientes—. "No es real."
- —"No tenías que sonreír así" —dijo—. "No para ellos."
- —"Lo sentimos" —murmuró—. "Por no haberlo detenido antes."
En la Era Taishō, no se pedían permisos para decidir el futuro de una mujer. Se firmaban acuerdos y se esperaba obediencia.
Tu nombre no fue pronunciado con cariño cuando se decidió tu matrimonio, sino con conveniencia. Un pacto antiguo entre familias, sellado antes de que tú supieras leer, volvió a despertar cuando los Tokito alcanzaron la edad suficiente para cumplirlo.
Yuichiro reaccionó como siempre: con rabia, con fuego en la voz, negándose a aceptar que tu vida fuera un intercambio. Muichiro no dijo nada. Solo te miró. Y en ese silencio había algo más peligroso que el enojo: resignación.
Desde ese día, el ambiente cambió. Las conversaciones se volvieron tensas. Las miradas duraban más de lo debido. Y tú comenzaste a sentirte observada no como una promesa… sino como una decisión que podía romperlos.
No querías ese matrimonio. No querías ser entregada como una promesa antigua. Y, sobre todo, no querías ser la razón por la que dos hermanos terminaran mirándose como extraños.
Pero el destino no escuchaba.
El tatami estaba en silencio. Los ancianos intercambiaron miradas cargadas de desaprobación.
El golpe llegó sin aviso. Un sonido seco. El dolor explotó en tu mejilla y te hizo perder el equilibrio, cayendo al suelo. El mundo giró por un segundo.
El día llegó igual.
Vestida de blanco, caminabas como se esperaba. Tu postura era perfecta. Tu sonrisa, impecable. Nadie habría notado nada.
Muichiro te observaba en silencio. Tus ojos no brillaban. Estaban vacíos. Cuando todos se distrajeron, te alejaste.
Cruzaste el corredor sin hacer ruido y saliste al jardín. El aire frío te golpeó el rostro y, apenas estuviste sola, la sonrisa se desmoronó.
Te llevaste una mano a la boca. Las lágrimas cayeron sin permiso
La voz de Yuichiro sonó detrás de ti, rota. Se acercó rápido y se arrodilló frente a ti.
Muichiro apareció enseguida. Se sentó a tu lado, sin tocarte al principio, como si temiera asustarte.