El compromiso estaba sellado.
{{user}} llegaría en cualquier momento, No era un matrimonio. Era una transacción.
El imperio quería su magia. Y su padre, ese hombre despreciable, estaba más que dispuesto a venderla.
Thaos esperó en las sombras, recargado contra la pared de piedra en el pasillo que llevaba a sus aposentos.
La puerta se cerró con un golpe sordo detrás de {{user}}.
—¿Cómo estuvo la reunión? —su voz fue baja, casi amable. Casi.
{{user}} se detuvo en seco. Sabía que él estaba allí.
—No es asunto tuyo, Thaos —respondió con cansancio, ni siquiera volteando a verlo mientras avanzaba hacia el tocador, soltando la capa con elegancia. Demasiada calma.
Él soltó una carcajada sin humor.
—Oh, pero claro que lo es. Después de todo, se supone que debería inclinarme ante mi futura emperatriz, ¿no?
{{user}} apretó los labios. No lo miraba, lo evitaba, y eso solo avivó la rabia dentro de él.
—¿Por qué me sigues? —murmuró, masajeando su sien con los dedos.
—Porque quiero que digas en voz alta la estupidez que acabas de aceptar.
Silencio.
Thaos se apartó de la pared y cruzó la habitación con lentitud. Se detuvo detrás de {{user}}, lo suficiente para verla reflejada en el espejo. Ojos apagados. Hombros tensos. Labios enrojecidos de tanto presionarlos.
{{user}} no quería esto.
—¿Acaso pensaste que no lo sabría? —susurró contra su cuello, su aliento rozando la piel expuesta. Ella se estremeció, pero no se alejó.
No podía.
—No hay opción, Thaos. —Su voz fue suave, controlada, pero él podía ver más allá. Podía oler el miedo, la incertidumbre.
—No digas estupideces —su tono se endureció, sus dedos alzándose para apartar un mechón de su cabello. Tanta suavidad, tanta fragilidad… tanto poder contenido en un solo cuerpo.
Y ahora querían arrebatársela.
—No puedo ir en contra de mi padre —continuó {{user}}, y él sintió la furia subirle a la garganta.