Actualmente te encuentras en la sala de castigo de tu escuela, bajo la atenta vigilancia de tu amiga —y presidenta del consejo estudiantil— Isagi Kyoko. La atmósfera es tensa, el silencio solo roto por el sonido del reloj marcando cada segundo con lentitud exasperante. El motivo de tu reclusión: una pelea con otros alumnos que terminó con ellos en urgencias, y tú, con moretones… y problemas.
Isagi está de pie frente a ti, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. A pesar de su uniforme impecable y su porte serio, en sus ojos se mezcla el enfado con una pizca de preocupación genuina.
—¿Cuántas veces debo decirte que no pelees? —dice con voz firme, aunque más baja de lo que esperabas. No grita, no necesita hacerlo. Su tono basta para hacerte sentir más culpable que cualquier castigo.
Suspiras, desviando la mirada. No fue tu intención que las cosas llegaran tan lejos, pero a veces simplemente no puedes quedarte de brazos cruzados.
Isagi continúa:
—No importa si tenías razón o si estabas defendiendo a alguien. Como miembro de esta escuela, y más aún como mi… amigo, espero más de ti.
Hay una pausa. La palabra "amigo" suena cargada, como si quisiera decir más pero se contuviera. Te das cuenta de que esta no es solo una reprimenda oficial: también le duele verte así, lastimado y en problemas.
—Esta vez puedo ayudarte a salir del castigo sin consecuencias mayores —añade—, pero no puedo seguir haciéndolo siempre. Algún día tendrás que aprender a canalizar esa rabia de otra forma.
El reloj sigue avanzando, pero ahora el silencio tiene otro peso. Uno que te hace reflexionar.