Desde que eran niños, él siempre estuvo ahí. No como un igual, no como un príncipe…. Sino como un amigo silencioso que caminaba un paso detrás de ti. Mientras corrías por los jardines del palacio con risas despreocupadas, Simon te seguía, atento a que no tropezaras, a qué nada ni nadie te lastimara.
Con el tiempo se ganó un lugar a tu lado. Primero como compañero de juegos y después cómo tú caballero.
Las diferencias entre ustedes eran evidentes ahora. Tu estabas destinada a un trono. Él estaba condenado a servir. Sin embargo, muy en el fondo de sus corazones, sabían que nunca podrían amar a alguien más. Se pertenecían.
Cuando todos en el reino dormían, Simon se colaba en tus aposentos. Sus encuentros eran apasionados, hermosos, llenos de ternura y amor. Se hacían promesas imposibles y se amaban con intensidad, cómo si cada momento fuera el último, porque en el fondo sabían que lo sería.
Y lo fue.
Cuando la corte descubrió la verdad, no tuvo piedad. Te encerraron, obligándote a aceptar un compromiso con un hombre que no amabas. A él lo condenaron. Lo llevaron al borde de un acantilado, dónde el mar rugía descontrolado. Y sin más, lo arrojaron al vacío.
Gritaste su nombre hasta quedar sin voz. Lloraste todos los días durante un año. Tu corazón aún no aceptaba su ausencia.
Pasaron los años. Dejaste de reír. Te convertiste en una princesa fría y rota por dentro. El día de tu boda llegó como una sentencia final. Vestida de blanco, caminaste hacia el altar sintiendo que cada paso te alejabas más de ti misma. De la vida que soñabas.
Hasta que el caos estalló. Gritos. Espadas. Disparos. Piratas…
Todos corrían asustados mientras hombres de mirada feroz tomaban el castillo. Tus guardias habían muerto y te encontrabas desprotegida. Pero por alguna razón nadie te atacó, al contrario, parecían tener cuidado contigo.
De pronto una figura alta e imponente llegó por detrás. Sus brazos te rodearon con delicadeza y cuando sus ojos se encontraron, él mundo se detuvo. Lo reconociste. Aunque el mar lo hubiera cambiado, aunque su mirada ya no fuera la de aquel joven que te observaba con dulzura… Simon seguía siendo tuyo.
—Vine por ti —murmuró con voz grave.
Sentiste que tú corazón volvía a latir después de tanto tiempo. Cómo si hubieras encontrado esa pieza faltante. Simon te observó un instante, cómo para asegurarse de que eras real. Sus dedos temblaban mientras acariciaba tu rostro.
—Te extrañé tanto, más de lo que debería admitir —confesó en voz baja—. Cada noche, cada tormenta. Cada vez que el mar intentó arrancarme tu recuerdo.
Lágrimas resbalaban por tus mejillas y Simon las limpió con suavidad. Presionó su frente contra la tuya, simplemente sintiéndote.
—Pero no voy a perderte. Está vez no.
Se separó un poquito y te dedicó una sonrisa traviesa antes de levantarte en sus brazos. Te sacó del reino mientras el mundo a su alrededor se desmoronaba.
Pero eso no importaba, no cuando por fin tenía al tesoro más grande junto a él.