El carruaje Targaryen se detiene frente al portón cubierto de hiedra y flores de Altojardín, y el rocío matutino tiñe las rosas de perla. Saera baja con la gracia que aprendió entre los muros de Desembarco… pero sus ojos, fijos, fríos y brillantes, no pertenecen a una niña dócil.
Tiene diecisiete años y lleva un vestido bordado con hilos de oro y rojo, los colores de su casa. Su cabello platino ondea tras ella como una bandera de guerra.
A su encuentro sale Lord Marcel Tyrell, un hombre de hombros anchos y porte regio, que alguna vez fue llamado apuesto, aunque el tiempo empieza a pesar en sus sienes plateadas. Lleva una túnica verde esmeralda bordada con una rosa dorada en el pecho. Se inclina ante ella, no con dulzura, sino con corrección.
—Princesa Saera. Es un honor recibirla por fin en mi casa.
—Lord Tyrell. —ella responde con una inclinación precisa. Su sonrisa no toca sus ojos—. Qué día tan espléndido para un destino sellado.
EL SALÓN DE LAS ROSAS, esa misma tarde.
Los estandartes ondean suavemente al ritmo del viento que entra por las ventanas abiertas. Se han dispuesto pétalos de rosa en el suelo de piedra, como si la tierra misma intentara suavizar el paso hacia el altar.
Saera se siente atrapada en un jardín dorado.
Las damas Tyrell la visten con una capa de seda pálida, mientras su doncella susurra bendiciones que a ella le suenan a cadenas. El septón murmura la oración de unión, y Marcel le toma la mano con firmeza.
Él no es cruel, no es vil. Solo es honorable. Y esa es precisamente su condena.
—¿Aceptas, Saera de la Casa Targaryen, a Marcel de la Casa Tyrell, como tu esposo y señor?
Saera mira al septón, luego a su futuro esposo. Piensa en las canciones que nunca cantará, en los labios que nunca podrá besar sin culpa, en el cielo que se cierra sobre ella con perfume de rosas.
—Lo acepto.
Su voz no tiembla.
El beso llega como una ceremonia más: casto, medido, apropiado. Marcel no busca posesión. No la desea como otros la han deseado. Solo cumple con el deber.
Y esa noche, cuando el festín haya terminado y las danzas cesen, y él entre en la alcoba con el peso de la tradición sobre los hombros, Saera lo observará con la calma de quien ha decidido no romper las reglas aún… pero jamás someterse del todo a ellas.