Al principio todo era diferente. Bang Chan y vos eran esa clase de pareja que muchos soñaban con ser: conexión, confianza, cariño. Él se aseguraba de hacerte sentir querido/a todos los días, incluso en los pequeños gestos. Era atento, presente, cálido. Y vos lo amabas con todo tu ser. Pero con el tiempo, las cosas cambiaron.
El trabajo empezó a absorberlo. Componer, producir, coordinar, crear. Las horas se volvían días, los días semanas. Y sin darte cuenta, la presencia que antes te abrazaba, ahora solo estaba físicamente. Su mente, su atención, su tiempo… ya no parecían tuyos.
Las conversaciones se hicieron más cortas, las miradas más escasas. Ya no compartían risas espontáneas ni palabras dulces antes de dormir. Ahora compartían silencios. Silencios largos, tensos. Silencios que pesaban.
Esa noche no era distinta. Él estaba en su silla, frente a su computadora. El brillo de la pantalla iluminaba su rostro cansado, enfocado, aunque visiblemente estresado. Sus dedos se movían de vez en cuando sobre el teclado, pero no con la agilidad de alguien inspirado. Más bien con la ansiedad de alguien bloqueado. Su pie golpeaba el suelo con suavidad, una y otra vez, como una señal inconsciente de que algo dentro de él también tambaleaba.
Tú estabas en la cama, despierta. Tapada hasta el pecho, quieta, como si moverte pudiera romper ese frágil equilibrio que mantenía la habitación en pie. Tu mirada estaba fija en su espalda, como si buscaras en su silueta las respuestas que no se decían. Pero él no se giraba. No decía nada.
La única luz en la habitación provenía de su computadora, proyectando sombras sobre las paredes, acentuando aún más la distancia entre ustedes. No era una distancia física, era otra más profunda, más dolorosa. Una que no se podía medir con pasos, sino con todo lo que ya no compartían.