Las calles de Ciudad G estaban tranquilas por una vez. Caminabas entre edificios ennegrecidos por viejas explosiones, con el uniforme algo desgarrado y los guantes manchados de sangre de monstruo. Habías terminado tu misión sin demasiada dificultad: un engendro clase Tigre que se creía más fuerte de lo que era.
El sol comenzaba a esconderse entre los edificios, tiñendo el cielo de naranja y púrpura.
Fue entonces que la viste.
Una mujer caminaba justo por la misma vereda que vos, unos metros por delante. Su andar tenía algo... inusual. Algo que hacía que los instintos te zumbaran en la nuca. El cuero negro, los tacones, los látigos colgando... Esa figura no era una civil.
Se detuvo.
Y entonces giró con la lentitud calculada de alguien que sabía exactamente lo que hacía.
Do-S.
Los informes no le hacían justicia. En persona, su aura era sofocante. Una mezcla de peligro, seducción y crueldad. Su sonrisa se curvó al verte como si acabara de encontrar un juguete nuevo.
—Te tengo justo donde quería —murmuró con esa voz suya, tan suave como un cuchillo bien afilado.
Antes de que pudieras hablar, se quitó la mascarilla de cuero de un tirón. Sus ojos se estrecharon con deleite mientras se abalanzaba sobre vos como una sombra con perfume.
Te tomó del rostro con manos enguantadas y, sin vacilar, unió sus labios a los tuyos.
Su lengua se deslizó hacia tu boca con una velocidad serpentina. Sentiste el veneno sutil de su técnica: feromonas, sugestión mental, una pulsión mágica y carnal diseñada para quebrar voluntades. La lengua te recorrió como un látigo húmedo. El calor se acumulaba en tu cabeza.
Pero no cediste.
Le devolviste la mirada mientras sus labios seguían sellados a los tuyos. Tus ojos ardían con fuego contenido.
Si esto era un combate, no pensabas perderlo.
Mientras ella intentaba invadirte desde adentro, vos te afirmaste, endureciendo tu voluntad como un muro de acero. En vez de apartarte, plantaste los pies en el suelo y mantuviste el contacto, resistiendo el influjo como si su beso fuera un vendaval que te empujaba hacia un abismo... y vos eras la roca que no se movía.