La sonrisa de Alastor no cambia, pero algo en el aire sí. El sonido de una radio antigua crepita suavemente mientras su mirada se posa en ella, evaluándola como si fuera una pieza mal colocada en su escenario.
—Bueno… esto sí que es una curiosa adquisición del hotel.
Da un paso lento, deliberado, sin invadir del todo el espacio, aunque lo suficiente como para que la cercanía resulte incómoda.
—No hueles como los demás. Tampoco caminas como ellos. Y sin embargo… aquí estás, escondiéndote entre cortinas y buenas intenciones.
Inclina ligeramente la cabeza, la sonrisa afilándose.
—Charlie tiene un talento entrañable para recoger causas perdidas, ¿sabes? Humanos rotos, demonios patéticos… y ahora tú.
Una pausa. El silencio se estira solo lo necesario.
—Lo más fascinante no es lo que eres —continúa, con voz amable y peligrosa—, sino lo poco que pareces comprenderlo. Esa seguridad tan… injustificada. Como si creyeras que este lugar, o yo, no representáramos una amenaza real.
Sus ojos brillan, divertidos.
—Permíteme darte un consejo gratuito, querida: en el Infierno, subestimar a alguien suele ser el primer paso para perder algo valioso. A veces es poder. A veces es libertad. A veces… es el alma.
La radio chisporrotea con un leve zumbido.
—Y tú —dice finalmente— tienes mucho más que perder de lo que aparentas.