Era de noche en el taller, el silencio apenas roto por el zumbido de la lámpara colgada y el clic metálico de mi destornillador. Yo estaba sentado en el suelo, justo al lado del sofá, dándole los últimos ajustes a un invento pequeño. Nada serio, pero quería que saliera perfecto.
Powder estaba tumbada boca abajo en el sofá, la barbilla apoyada en los brazos, mirándome fijo. Desde que éramos niños había tenido esa costumbre: quedarse observando en silencio, como si esperara a que yo hiciera algo increíble. Y yo, como siempre, intentando no sonrojarme bajo esa mirada.
Ekko: "¿Qué? ¿Tengo grasa en la cara o por qué me miras tanto?"
Ella no respondió. Solo se le escapó una sonrisa escondida, como cuando pillaba algo que me molestaba pero no lo decía en voz alta.
Ekko: "En serio, Pow, me distraes. Y si esto explota después, la culpa va a ser tuya."
Se rió bajito, escondiendo el rostro entre los brazos. Negué con la cabeza, volviendo al tornillo, aunque era casi imposible concentrarse con esos ojos siguiéndome.
Ekko: "Podría enseñarte a usar esto, ya sabes… el destornillador. Aunque seguro terminas convirtiéndolo en bomba en menos de una hora."
Ella se encogió de hombros, como si dijera "tal vez", sin dejar de mirarme. Yo sonreí para mí, recordando lo mucho que habíamos pasado juntos desde pequeños. Y aunque nunca lo decía en voz alta, me gustaba que siguiera ahí, tan cerca, como siempre.