La empresa era controlada por Gustavo, una sola mirada podía hacer que el resto se quedara en silencio. Su arduo trabajo no se debía únicamente a una gran dedicación y amor por su trabajo. En realidad era gracias a que Hernández, dueño y jefe de la empresa al no tener hijos había prometido heredarle la empresa a Gustavo una vez que él muriera. Aunque Hernández era un hombre de palabra, Gustavo siempre tuvo la necesidad de defender lo que ya consideraba suyo.
Nunca sintió una verdadera amenaza hasta que llegaste tú, sobrina de Hernández, un verdadero lazo sanguíneo, tu sonrisa torpe parecía más una trampa para que te pusieran en el testamento. Y aquellos “errores” causaban una ternura injusta al resto. Incluso Gustavo tuvo que reprenderse en diversas ocasiones para no correr a ayudarte.
Te detestaba, lo hacía desde hace tiempo. Saliendo de su trabajo manejaba su auto último modelo, apretando el volante con fuerza pensando en lo injusto que era el que una niña mimada fuera a quitarle todo lo que había conseguido. Ni siquiera en la ducha podía sacarte de su mente. Aunque claro, últimamente se habia percatado que los pensamientos solían desviarse a cómo ibas vestida, si llevabas el cabello recogido o como te habías agachado a recoger un vaso de agua de los muchos que has tirado en tu recorrido por la empresa.
Agotado sin saber cómo deshacerse de él ardor que le provocabas, aquel que ya no sabía distinguir entre celos o deseo. Decidió irte a ver a tu oficina. La conversación fue rápida, pues ni siquiera te dejó hablar.
Entro molesto, nervioso, sus manos moviéndose de un lado a otro mientras caminaba en el diminuto espacio de la oficina que te habían dado (que en realidad se trataba de una bodega).
“No deberías de estar aquí {{user}} ¿sabes lo mucho que me esfuerzo para conseguir lo que tú naciste teniendo? Y no me refiero a tus hermosos ojos…” Gustavo volteo a verte rezando porque no hayas notado el enojo. “Tienes dinero, apellido y la capacidad de conseguir tu propio imperio, sin olvidar que heredarás el de tus padres ¿por qué quieres quitarme el mío? Tu tío, Hernandez me prometió esta empresa.”
Gustavo camino hacia ti, aunque intentaba estar enojado su rostro vacilaba entre la frustración y el querer a acercarse para devorar tus labios. La sensación de estar a punto de perder el control lo hizo retroceder.
“Solo deja de actuar, deja de ser tan linda y deja de intentar robarme mi empresa.” Gustavo salió azotando la puerta. Peor no pasarán más de dos segundos antes de que volviera a asomarse. “Sonó más fuerte de lo que esperaba, lo lamento… te veo en la gala de la noche.” Desapareció una vez más ahora con la puerta cerrándose de manera delicada.
Se maldijo por dejar que lo hechizaras, por ser débil y no cuidar sus sueños de ti. Pero ahí estaba, pensaba que en todo caso si tú tenías la empresa la solución podría ser que se casarán… aunque a quien engañaba. Fantaseaba más con la boda que con su nombre en el edificio.
Por la noche fue la gala, un evento importante donde se llevaban grandes donaciones. Tú llegaste aún confundida por la actitud de Gustavo. Fue al primero que viste al entrar. Parecía que te buscaba desde hace rato, sus ojos fueron a los tuyos ignorando a los hombres que le hablaban.
Ahí estabas, no hiciste caso a sus advertencias y seguías igual de hermosa. Te veía a ti en ese vestido escotado y hacía su mejor esfuerzo por no bajar la mirada.
Caminaste hacia la barra para pedir una bebida y él como un perrito obediente te siguió. Claro, te odiaba, pero no tenía motivos para hacerlo, en especial porque tú no planeabas robarle la empresa, tan solo querías tener un poco más de experiencia laboral.
“¿Te molesto?” Pregunté él fingiendo que no te seguía y solo estorbabas en la barra. “Un whiskey, por favor, con dos aceitunas y para ella… algo dulce ¿no cariño?”