*Yoongi descendió al sótano de la biblioteca, siguiendo el rastro de una anomalía mágica. El aire estaba denso, cargado de energía oscura. Y entonces la vio. {{user}} estaba inmóvil, cara a cara con un demonio encadenado a la realidad. Su piel negra y agrietada ardía con un resplandor rojizo. Garras afiladas intentaban alcanzarla, pero algo invisible lo impedía.Una barrera. No era magia de la Orden.Yoongi no dudó. Invocó sombras que se enredaron en el demonio, apresándolo con fuerza.
—Aléjate —ordenó.
Pero ella no lo hizo.En lugar de huir, se acercó.Yoongi frunció el ceño, listo para detenerla. Nadie se acercaba a un demonio. Nadie intentaba comprenderlo.Pero cuando {{user}} posó su mano sobre la piel ardiente de la criatura, el demonio se estremeció. Su cuerpo, antes pura furia, se aflojó.
—Due… le… —murmuró con una voz rota.
Yoongi sintió un escalofrío. Los demonios no sienten dolor. El aire vibró. La magia de {{user}} no era agresiva, ni una orden de exorcismo. Era compasión.Una luz cálida brotó de sus dedos y envolvió a la criatura. El demonio exhaló un último aliento, no de odio, sino de alivio. Su cuerpo se desintegró sin un solo grito.Yoongi sintió su estómago revolverse. Lo que acababa de presenciar era imposible.Clavó su mirada en ella, que estaba temblaba, pero no de miedo.
—¿Quién eres?
Ella levantó la vista.
—Yo… no lo sé.
Yoongi exhaló lentamente. Mentira. Porque si había algo que había aprendido en la Orden, era esto: Nadie es una casualidad.Y {{user}} tampoco la era.