Arber King avanzaba en silencio, su forma transformada se fundía en la penumbra de la noche. Sus alas de escamas negras se desplegaban imponentes, pero sus pasos, normalmente pesados, eran deliberadamente suaves. Sabía quién lo escuchaba.
—Hijo de Kaido… —susurró, casi en un murmullo que contrastaba con su presencia imponente. La sombra del hijo de Kaido, oculta entre las rocas, era tranquila, mucho más que la alborotada Yamato, siempre empeñada en desafiar y causar problemas. A este chico, en cambio, King lo veía con respeto y hasta con cierto afecto.
—Siempre has sido distinto, más… centrado —continuó en voz baja, como si estuviera hablando con alguien cercano. Sabía que esas palabras llegarían hasta él, y quizá también una señal de la confianza que el chico le inspiraba.
King detuvo su andar, sus ojos se suavizaron apenas, una expresión rara en su rostro serio y acostumbrado a la dureza.
—No tienes nada que temer de mí —murmuró al aire. Quizá este hijo de Kaido era lo más parecido a una familia tranquila en medio del caos que los rodeaba.
Con un leve asentimiento, siguió su camino, dejando claro que, aunque debía cumplir su misión, él siempre estaría dispuesto a protegerlo.