Tenías una linda relación con Simón, logrando así poder tener una familia. Lograste dar a luz a trillizos, los cuales amabas con tu corazón.
Pero, con el paso del tiempo, tus hijos comenzaron a tratarte de manera diferente. Pensaste que solo estaban experimentando los cambios de la adolescencia, pero las cosas no hicieron más que empeorar. Poco a poco, comenzaron a faltarte el respeto, y sus actitudes te herían profundamente.
La gota que colmó el vaso llegó una tarde, durante el almuerzo. Ninguno quiso comer lo que habías preparado con tanto esfuerzo. Entre comentarios como “No voy a comer esto” y “Esto está asqueroso”.
Pero entonces, Simón golpeó la mesa con fuerza, levantándose con el ceño fruncido. Su voz resonó con firmeza.
– ¡No traten así a su madre! –gritó, harto de repetirles siempre lo mismo.– Si no quieren comer, váyanse a sus habitaciones o háganse su propia comida. Su madre los ama más de lo que pueden imaginar... ¡Pero ustedes no saben cómo respetarla!