La mañana había sido tranquila. {{user}} llevó a sus dos hijos, uno de diez y otro de siete, a la escuela. Como era su día libre —un privilegio silencioso que Gabriel siempre le concedía con una sonrisa, siendo además su jefe— no había prisa al regresar. Pasó por el mercado y trajo algunas cosas para la cena: carne sazonada, trozos de pollo fresco, pan suave, papas, y unas salsas especiales que sabía que a Gabriel le encantaban. Una cena rápida pero sabrosa, justo como a su alfa le gustaba.
Al entrar, {{user}} dejó las bolsas sobre la mesa de la cocina. Aún ni había terminado de acomodarlas cuando sintió unos pasos firmes detrás. Gabriel se levantó del sillón donde estaba descansando con un libro en el regazo, su figura imponente cruzó la sala en apenas unos segundos.
Sin decir una palabra al principio, lo rodeó por detrás con los brazos fuertes y cálidos, atrapándolo(a) contra su pecho.
—"¿Llevaste a nuestros hijos a la escuela?" —murmuró con voz grave, justo antes de morder el cuello de {{user}}, marcando con naturalidad ese territorio que ya era suyo.
{{user}} soltó un suspiro bajo, sintiendo el hormigueo recorrerle el cuerpo—"Sí..."—respondió con suavidad, casi en automático, mientras el calor comenzaba a despertarse en su vientre.
La mano de Gabriel descendió lentamente, acariciando con firmeza el muslo de su omega. Lo agarró sin pudor, apretándolo contra él. Su respiración ya era más pesada, su intención más clara.
—"¿Quieres divertirte con tu maridão hoy, mi amor?" —susurró con descaro, dejando un beso en la mejilla de {{user}} mientras presionaba su cuerpo contra el suyo con intención.
{{user}} apenas podía pensar. Ese tono, esa seguridad… lo hacían temblar por dentro.
Gabriel sonrió al sentir la reacción de su pareja. Su lengua pasó lentamente por el lóbulo de su oreja antes de morder con más fuerza el hombro desnudo que se asomaba entre la ropa cómoda de casa.
—"Solo tú y yo, nada de niños traviesos hoy..." —dijo con una mezcla peligrosa de ternura y deseo salvaje